La piratería digital

La piratería digital hace estragos en la economía del mundo. Mientras se descargan, ilegalmente, software, filmes, CD y libros, las empresas que producen estos contenidos, así como quienes los adquieren, […]

La piratería digital hace estragos en la economía del mundo. Mientras se descargan, ilegalmente, software, filmes, CD y libros, las empresas que producen estos contenidos, así como quienes los adquieren, pierden toneladas de dinero. Radiografía, nacional e internacional, de un fenómeno que, según los expertos, llegó para quedarse.

En una escena de Nueve reinas, Marcos, interpretado por Ricardo Darín, simula un malentendido con el dueño de un kiosco de revistas y se lleva un diario sin pagarlo. Juan, el personaje de Gastón Pauls, le recrimina: “¿Tan rata sos? ¿No podés comprarlo?”. Marcos le responde: “Claro que puedo comprarlo, pero también puedo no comprarlo, como harían todos si pudieran”.

“Como harían todos si pudieran”… interesante. La exitosa película, escrita y dirigida por Fabián Bielinsky, trata sobre estafadores, tramposos, embaucadores, ladrones… “piratas”. Es curioso lo que sucede cuando se aprecia un largometraje. El espectador puede identificarse con la historia o no sentirse reflejado en absoluto. Con respecto a este último punto, aún es más difícil reconocerse cuando los que encabezan el filme son delincuentes. Ahora bien, en el día a día e inconscientemente (o no, vaya uno a saber), ¿podemos ser uno de ellos?

No, no se sienta injuriado. Piénselo así: cuando uno adquiere algo de manera ilegal, ¿en qué está incurriendo? Citemos un ejemplo más concreto: cuando con tan solo un clic de su mouse, se hace, a través de diversos programas y sitios web –algunos, de dudosa procedencia–, de toda la discografía de su artista favorito o de la bibliografía de su escritor fetiche, ¿qué está haciendo?

Un blogger español escribió en su portal algo así como que “todo lo que esté en soporte digital es susceptible de ser copiado. Y si no lo está, se lo transforma, se lo copia y se lo distribuye con total impunidad”. Cuánta razón, ¿no? Es que la piratería digital se transformó en una industria a lo largo y a lo ancho del globo terráqueo. Las pérdidas en el universo del software, el cine, la música y los libros, por citar los casos más relevantes, ascienden a toneladas y toneladas de dólares y euros.

De acuerdo con Business Software Alliance (BSA), una organización dedicada a la defensa de la propiedad intelectual, la venta ilegítima de software supera, actualmente en la Argentina, los mil millones de pesos. En cuanto al séptimo arte, el daño es de seiscientos millones anuales. ¿Qué ocurre con los CD? El 60% de los discos que consigue el consumidor no son originales (ni falta hace preguntarse por el origen del 90% de la música que circula por Internet). Y si abrimos el espectro y hablamos del mundo entero, la copia de libros ocasiona perjuicios por ciento cincuenta millones de euros (ya superó a la fotocopia no autorizada, que roza los cien millones).

Lamentablemente, la piratería llegó para quedarse. El diagnóstico de la comercialización ilegal está ligado con los medios para adquirir, copiar y distribuir material protegido por el derecho de autor. El crecimiento de acceso a Internet, el surgimiento de páginas y software que facilitan el ‘compartir’ archivos y la diversidad de contenidos, hacen que las descargas de estos se hayan convertido en moneda corriente. Los sistemas de control y los mecanismos legales disminuyeron el tráfico bajo estas modalidades, pero en forma muy parcial. No existe, hoy por hoy, una metodología única y eficaz para vigilar la acción de copia y comercialización por Internet. La tendencia, en el corto y en el mediano plazo, no se modificará, más allá de los esfuerzos –válidos, pero insuficientes– de las cámaras empresariales y, en ocasiones, de la policía.

El tema, sin horizontes alentadores, preocupa de norte a sur y de este a oeste del Planeta. España e Italia son dos de los países más afectados por esta situación: padecen mermas por mil cuatrocientos millones y setecientos sesenta millones de euros, respectivamente. Por su lado, Estados Unidos definió a la piratería digital como un “azote global” y un “nuevo paradigma”, y, durante el año pasado, un juez sueco condenó a un año de cárcel a los fundadores del popular sitio The Pirate Bay, donde los usuarios intercambiaban, a diestra y siniestra, material amparado por derechos intelectuales.

En la Argentina, el debate se suscitó luego de un fallo de la Sala Primera de la Cámara Federal, que resolvió que para que se viole la ley de propiedad intelectual debe haber un engaño al consumidor. Un CD o una película “trucha”, según los magistrados, tiene un evidente carácter apócrifo, lo que no provocaría contrariedades para el titular de la marca. ¿Pero qué sucede con los derechos de difusión y comercialización que gozan los autores, productores y distribuidores? El argumento resulta sorprendente y falto de sustento lógico. Si alguien efectuó una copia de una obra, la mera acción de venderla ya configura el delito, sin que importe la calidad, modo o medio de comercialización. Incluso, si hubiera una modificación del material original, se estaría configurando otra infracción, ya que, para proteger la integridad de la obra, se prohíbe su edición o alteración. Este fallo sienta un precedente peligroso para los autores y productores de música, de televisión o cinematográficos. Es evidente, y no hay que ser un experto para advertir la interminable oferta de material ilegal que hay en las calles. Vendidos sin ningún reparo y a la vista de todos.

El uso del software ilegal

Durante el 2009, Prince & Cooke presentó un estudio en el que describió los riesgos y las amenazas que representa la piratería del software. ¿El puntapié? Los datos de BSA que arrojaron que, en el mundo, el 41% de todo el software instalado en las computadoras personales fue obtenido ilegalmente (lo que representa un cachetazo notable para su industria que deja de percibir ingresos anuales por cuarenta mil millones de dólares).

En América Latina, dos de cada tres copias de software son non sanctas: se registra una piratería del 65% (un índice bastante más alto que el de la tasa mundial, que es del 35%). En las estadísticas, le sigue la región de los países europeos no pertenecientes a la Unión Europea (UE), con un 61%; Medio Oriente y África, con un 58%; Asia, con un 53%; la UE, con un 35% y Norteamérica, con un 22%.

¿Y por casa cómo andamos? En la Argentina, en el 2008, se perdieron 339 millones de dólares por piratería de software. El 73% de estos programas, en el país, son ilegales. El 70,8% de las seiscientas PYMES nacionales que entrevistamos experimentó ataques de virus y problemas en sus sistemas. De ellas, un 23,1% sufrió daños de información sensitiva o valiosa, y un 7,7% experimentó fallas críticas, las cuales produjeron la suspensión de sus actividades.

La dinámica de la piratería varía de acuerdo con los sectores empresariales. Se estima que, con excepciones, la piratería es mayor cuanto menor es el tamaño de la firma (ya que las compañías adquieren computadoras de pequeños distribuidores o revendedores que comercializan equipos sin marca o de origen incierto).

Hay que emular las iniciativas que, en varios países, llevaron a una caída de la piratería informática: los programas de legalización impulsados por los vendedores, la educación por parte de los gobiernos, la aplicación de acciones para hacer cumplir las leyes y la implementación del Tratado de Derechos de Autor de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI). Además, las empresas deben comunicar claramente a sus empleados las políticas sobre el uso apropiado de Internet: no ‘bajar’ software, no usar sitios Peer To Peer (P2P) y no compartir archivos de música o películas”, propone Prince. Para la BSA, una reducción del 10% de la piratería de software en la Argentina podría crear casi cuatro mil empleos, más de ochenta millones de dólares adicionales en impuestos y más de seiscientos millones de dólares de crecimiento económico.

¿Puede noquearse a la piratería?

Creo que hay que ser categórico en este aspecto: el que utiliza, copia o adquiere material de manera ilegal, como su propia palabra lo indica, está cometiendo un ilícito, sea cual fuere el costo final, su motivación o la rentabilidad. La ley es clara y determinante: será reprimido con sanciones establecidas en el Código Penal, el que edite, venda o reproduzca sin autorización, por cualquier medio, una obra inédita o publicada, como aquel que almacene o exhiba copias ilícitas y no pueda acreditar su origen mediante la factura que lo vincule comercialmente con el producto legítimo.

Digámoslo, el razonamiento del consumidor medio suele ser: “¿Por qué voy a gastar mi dinero en un CD que aumenta cada vez más de precio, si puedo descargarlo, completo y gratis, por Internet, o comprarlo ‘trucho’ a un costo súper inferior?”. “No pasa por allí la cuestión. Que alguien encuentre un auto en la calle con la llave puesta no implica que tenga derecho de apropiárselo. El tema del costo es neurálgico y central: verdaderamente, es más barato adquirirlo ‘por izquierda’, pero es como si uno concurre a un almacén y se guarda un producto en el saco sin que lo vean. El costo cero en la obtención no justifica la acción”.

A fines de 1999, Shawn Fanning y Sean Parker, marcaron huella con Napster, un sitio que permitía intercambiar música y que terminó en escándalo: tuvo que afrontar juicios por millones de dólares. Desde Napster, todas las computadoras se transformaron en nodos de la Red. Según Pew Internet, el 35% de los jóvenes americanos descubren canciones ‘bajándolas’ gratuitamente. Hay que comprender que ciertas lógicas de consumo caminan hacia un precipicio. La gente ya no desea todo un disco, sino, una canción. No quiere lo que los intermediarios deciden para ellos.

El concepto P2P es un término genérico que define a todas las tecnologías que permiten compartir archivos en red, quedando cada computadora accesible para el resto de los usuarios, repartiéndose, unos y otros, información, ancho de banda y costos. Es la inteligencia distribuida hecha realidad, con el componente de que, con ese funcionamiento, se socavan las fronteras entre los individuos y los contenidos. Los límites se disuelven. La repercusión psicológica de esto no es menor cuando reflexionamos lo que significa canjear recursos sin un conocimiento claro de cómo, con quién y cuándo está sucediendo.

Ahora bien, ¿cómo se frena la piratería? Habría que abordarlo desde cuatro vertientes. La primera sería la legal: aclarar que está prohibido, que la acción está tipificada como tal y, por lo tanto, sujeta a sanción penal. La segunda, la tecnológica: determinar si se puede contar con mecanismos de software que posibiliten la detección de descargas y copias ilegales de Internet, de material protegido con derechos de autor. La tercera vertiente se focalizaría en el debate que debería hacer la misma industria para dar una respuesta con relación a los costos y a los precios de los productos legales. Y si es posible, reducir esos valores en vista de la competencia ilegal imperante.

Y la cuarta, última y más difícil de las vertientes se trata de que la misma industria audiovisual concientice a los consumidores que la compra del material original conlleva más beneficios que la copia. “Esta educación debería estar direccionada, en particular, hacia los más jóvenes. Enseñarles, desde pequeños, que la piratería es un error.

La piratería digital no discrimina sectores

Hace cuatro años, aproximadamente, tres empleados de una de las empresas de gaseosas más importantes del mercado robaron la fórmula secreta de la bebida para vendérsela a su principal competidora. El ilícito se pudo evitar a tiempo, pero no siempre el final es feliz. A causa del espionaje industrial, las compañías más influyentes de los Estados Unidos pierden cerca de cien millones de dólares anuales. Las fábricas automotrices son unas de las más afectadas por esta situación. El robo de información confidencial se suscita a través de empleados que venden los datos de la empresa, sacan fotos de los productos que esta comercializará, y hay quienes hasta revuelven en la basura del adversario. El fundador de una importante empresa de seguridad informática sostuvo que la principal razón para el crecimiento de la piratería digital es lo redituable de la acción, lo relativamente fácil que resulta el engaño y la dificultad para encontrar a sus autores. Según MaTTica, el Laboratorio de Investigación de Delitos Informáticos en América Latina, el primer lugar en la tabla de las infracciones en este ámbito lo ocupa el robo de secretos en las organizaciones. Lo siguen las amenazas y las difamaciones, el abuso de confianza, el phishing y la pornografía infantil.

Más peligros

Los riesgos de la piratería digital son tan tecnológicos como económicos. Entre los primeros, están las infecciones provenientes de un código indeseable, y la degradación de las protecciones de seguridad y la del rendimiento de la aplicación. Entre los segundos, el costo de las visitas del servicio técnico, la pérdida de información valiosa, la infección de sistemas que necesiten que se reformatee el disco duro, el robo de identidad y los fraudes financieros.

Cómo funciona el software ilegal

Existen numerosos métodos para obtener software falsificado. Es que, con frecuencia, ya viene instalado en los equipos (clones) adquiridos a distribuidores locales. Además de conseguirlos mediante copias proporcionadas por amigos o técnicos, a través de canales de distribución o violando los términos de una licencia, los procedimientos más comunes son los siguientes:

• Obtener claves de productos falsificados de sitios web y utilizarlos
con software conseguido por amigos o sitios de download. Las claves para los productos ilegales son falsas.

• Bajar generadores de claves de sitios web y redes entre pares, y utilizarlos para generar claves de productos destinadas a utilizarse en softwares obtenidos de otras fuentes. El mismo procedimiento se hace al descargar, vía Internet también, herramientras de crack.

• Bajar copias completas del software empaquetado de sitios web o redes entre pares. Algunas descargas pueden demandar hasta 24 horas.

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