La gran oportunidad del fracaso

En una cultura que promueve el éxito, el miedo a no poder satisfacer las expectativas que se tienen de nosotros puede llevar a que nos sintamos fracasados. ¿Cómo hacerle frente […]

En una cultura que promueve el éxito, el miedo a no poder satisfacer las expectativas que se tienen de nosotros puede llevar a que nos sintamos fracasados. ¿Cómo hacerle frente a este sentimiento? Desarticulando las falsas creencias y reconociendo los errores.

En 1976, a Stephen Pile, un crítico de televisión en The Daily Telegraph y de gastronomía en Harper’s and Queen, se le ocurrió una idea súper original: fundar un club cuyos miembros debían ser terriblemente malos en alguna cosa. En las reuniones, cada socio tenía que hacer gala de lo que no sabía hacer. Unos intentaban cantar, otros dibujar, y así, cada uno hacía alarde de su incompetencia, sin lugar a juicios ni reproches por parte de la audiencia. Hete aquí que Pile tuvo la idea de recopilar todas estas historias y plasmarlas en un libro que tituló El libro de los fracasos heroicos, en el que incluía además un formulario que invitaba a seguir sumando socios. A los dos meses de la publicación, el club había recibido 20.000 solicitudes de ingreso y el libro se catapultó a los primeros puestos en varias listas de best sellers.

Tal fue la dimensión del éxito que Pile tuvo que ser expulsado de su propio club, que además tuvo que ser disuelto ya que, en contra de su propia filosofía, la cantidad de fans que sumaba día a día lo volvieron demasiado exitoso. ¿Cuál fue la gran revelación? Sin proponérselo, Pile había logrado aprovechar la oportunidad que brinda fracasar.

Errar es humano

Tenemos que respetar nuestra debilidad; son lágrimas suaves de una tristeza legítima a la que tenemos derecho. Todos aquellos que hicieron grandes cosas las hicieron para superar una dificultad, un callejón sin salida”. Errar es humano y no existe quien se precie de ser un Homo sapiens que no haya fracasado… en algo.

A lo largo de la historia, abundan ejemplos legendarios, como el de Thomas Alva Edison, que logró “prender la lamparita” luego de mil doscientos experimentos fallidos; el de Albert Einstein, de quien sus maestros decían que no estaba preparado para aprender y que no llegaría a nada, o el de Winston Churchill, un pésimo estudiante, que fracasó además dos veces consecutivas en los exámenes de ingreso a la Academia Militar de Sandhurst y tampoco tuvo suerte en las primeras elecciones donde participó en su vida política, pero que ni aun así se desanimó, y se convirtió en uno de los mejores estadistas de la historia de Inglaterra y fue premio Nobel de Literatura en 1953. Sugestivamente, una de sus frases emblemáticas fue que el verdadero éxito consistía en aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse.

Al crítico de The Daily Telegraph se le ocurrió una idea súper original: fundar un club cuyos miembros debían ser terriblemente malos en alguna cosa. Sobre esa experiencia nació El libro de los fracasos heroicos.

Fracasar significa que un objetivo propuesto no pudo ser alcanzado, ya sea porque el medio no lo permitió o por dificultades propias del sujeto. Estas dificultades pueden tener que ver a veces con un estilo autosaboteador, con rigideces o represiones, que no permiten obtener satisfacciones que la realidad ofrece. Fracasar implica que una iniciativa que nos hemos propuesto lograr tiene como resultado algo no esperado respecto a lo que habíamos planeado.

Es decir, que algo no salga como nos lo habíamos propuesto. Si a esto se suma que estamos inmersos en una cultura que impone lo que es ser “exitoso”, y determina cómo debemos ser, sentir, comportarnos, percibir y relacionarnos para cumplir con los estereotipos, es raro no sentir, alguna vez, que hemos fallado. En relación con esto, la sensación de fracaso tiene que ver con los valores que se fomentan en esta época y que se remontan al surgimiento del capitalismo en el siglo XVIII.

Los ejes de la cosmovisión capitalista son la producción y la ganancia. En el fracaso no hay logro, sino un proceso que no alcanza un objetivo, que se ve frustrado; por lo tanto, no hay ‘producto ni ‘ganancia’. Según esta mentalidad, el significado es como de una pérdida. Esta cosmovisión es culturalmente hegemónica e influye en la subjetividad, la condiciona y ejerce un gran poder de persuasión sobre ella, con lo cual no permite a muchas personas diferenciar aquello que tiene que ver con parámetros ajenos, que no son necesariamente compartidos en lo personal.

Miedo al fracaso

Entonces, aparece el miedo. Un sentimiento que es natural, que alerta, frente a una amenaza real, pero que en el caso del fracaso implica un estado de ánimo que “vive” en nuestra mente: es el miedo al ridículo, a la desaprobación y al rechazo… Es otro tipo de miedo, es el que resuena a partir de ciertos pensamientos negativos que le dan sostén y recurrenci.
A este sentimiento es al que verdaderamente hay que temerle, porque es como un disco rayado que actúa a partir de lo que uno se dice a sí mismo todo el tiempo sobre una situación en particular. Comprender esto, y detectar esas conversaciones internas que sostienen este miedo, para luego intervenir en ellas y desarticularlas, es lo que finalmente permite construir una nueva configuración de pensamientos que predispongan adecuada y positivamente a la acción.

Hans Magnus Enzensberger escribió su biografía relatando sus fracasos. Según él: “Si bien no curan, pueden mitigar enfermedades de autor, como los delirios de grandeza”. El libro es un éxito editorial.

Se trata de aprender a cambiar nuestra perspectiva sobre lo que significa e implica un fracaso, y este es un trabajo terapéutico muy rico en la clínica. Implica ayudar a un paciente a que pueda tener otra mirada que le permita ver de modo constructivo, positivo y dinámico lo sucedido, lo cual posibilita la transformación de puntos de vista inflexibles, autodestructivos y paralizantes.

En otras palabras, ayudar a entender que, de por sí, vivir es un riesgo; que implica tomar decisiones y tener opciones todo el tiempo, que es arriesgarse, expresar, exponerse y entender que un fracaso, precisamente, es aquello que nos brinda una oportunidad única para cambiar algo en nuestra vida. Es lo que nos permite crecer, superarnos a nosotros mismos y del cual podemos salir enriquecidos y fortalecidos.

La mejor lección

El contenido pedagógico del fracaso es realmente contundente. Así lo demuestra el poeta y ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger, uno de los intelectuales más influyentes, admirados y respetados de la Europa contemporánea. Cuando escribió su biografía, a los 83 años, decidió hacerlo a contrapelo de la mayoría de los artistas y celebridades que suelen repasar sus vidas en función de sus logros, y prefirió mostrar sus fracasos, ya que fueron estos los que realmente le brindaron las más profundas enseñanzas.

Así, en Mis traspiés favoritos, seguidos de un almacén de ideas (Capital Intelectual), revela sus experiencias en el cine, la ópera, el teatro y la literatura que alimentaron en él la capacidad de discernimiento y lo ayudaron a advertir las trampas, zonas minadas y dispositivos de aniquilamiento con los que se debe lidiar en las distintas áreas de la creación. ¿El porqué de esta apología de sus frustraciones? Por sus efectos terapéuticos, ya que, según escribe: “Si bien no curan, pueden mitigar enfermedades de autor, como los delirios de grandeza”.

Aprendemos del error, más que de los aciertos. Aunque equivocarse y fracasar tienen mala prensa, hay que dejar de lado estos conceptos inadecuados e invalidantes, y abrazar la idea de que si nos equivocamos y fracasamos, contamos con una invalorable oportunidad de crecimiento y, por ende, de una gran fuente para la autotransformación.

Esta mirada positiva requiere aprender a reconocer lo positivo. O, como lo explica el orador norteamericano John C. Maxwell en su libro El lado positivo del fracaso: la diferencia entre la persona promedio y un triunfador es el concepto que tiene del fracaso y cómo lo enfrenta. En síntesis, cuando las circunstancias se presentan adversas, es posible elegir qué carta jugar. Y si fallamos, nunca debemos claudicar.

Samuel Beckett, otro grande de las letras, Premio Nobel de Literatura en 1969, recomendaba: “Lo has intentado. Has fallado. No importa. Inténtalo de nuevo. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor”. Es la única manera de crecer.

Nuestros peores miedos

El miedo al ridículo, a la desaprobación y al rechazo, a no ser queridos, a no tener dinero para poder vivir y a perder el control son los más comunes. Muchas veces las personas adjudican la causa de sus fracasos a cuestiones externas.
Es común poner excusas de todo tipo para explicar por qué no logran lo que desean o se proponen. Este echar culpas a otras personas, lugares, situaciones, y demás solo nos coloca en una posición de víctimas.

El paradigma de ubicarse frente a la vida desde la posición de víctima en lugar de como protagonista está totalmente instalado en nuestra cultura. ¿Cuál es el juego que estás jugando? ¿Estás dentro de la cancha como jugador protagonista, como crítico, o como un simple espectador? ¿Te quedás en que no podés, en que es muy difícil, en que te puede ir mal y no hacés nada para buscar soluciones, investigar, pedir ayuda y ponerte en acción?.

Si logramos responder estas preguntas, también podremos observar cómo se configuran nuestros miedos. Porque la verdad es que no son los factores externos los que nos frenan, sino el conjunto de pensamientos negativos que dan origen al miedo al fracaso.

Mandatos y fracasos

Con relación a sí hay grupos más o menos vulnerables al miedo al fracaso, los especialistas coinciden en que todos tenemos miedo a fracasar, sin importar el sexo, la edad o la clase social. Pero puede haber matices. Me atrevo a decir que los hombres pueden mostrar mayor tendencia al fracaso porque, por una cuestión cultural y quizá también biológica, tienen diferentes maneras de enfrentar lingüísticamente los estados de ánimo del miedo.

Al verbalizar y expresar más, la mujer quizá pueda sufrir menos miedo. Según mi mirada, por un mandato cultural el hombre está más abocado a ganar dinero, tener estatus social y ser ‘exitoso’. Y a todas estas etiquetas se asocia la posibilidad de ‘fracaso’.

Dejarse derrotar por los fracasos Transformar los fracasos en victorias
Culpar a los demás Asumir la responsabilidad
Repetir los mismos errores Aprender de cada error
Esperar que nunca más se va a fracasar Reconocer que el fracaso es parte del progreso
Esperar que se va a seguir fracasando Mantener una actitud positiva
Aceptar ciegamente la tradición Desafiar la suposiciones anticuadas
Sentirse limitado por los errores pasados Volver a arriesgarse
Pensar que soy un fracasado Creer que algo no funcionó
Ceder Perseverar

Fuentes: Revista Nueva y El lado positivo del fracaso, de John C. Maxwell

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