La autoridad perdida

Según Julio César Labaké, en la Argentina, el rol de la autoridad está en jaque. En su último libro, el especialista ahonda sobre un fenómeno preocupante que comienza en la […]

Según Julio César Labaké, en la Argentina, el rol de la autoridad está en jaque. En su último libro, el especialista ahonda sobre un fenómeno preocupante que comienza en la sociedad, pero que también se extiende a la familia y a la escuela. Además, comparte propuestas para que palabras como “ley” o “deber” dejen de tener mala fama.

Julio César Labak, licenciado en Psicología y doctor en Psicología Social defiende la teoría de que se proscribió el sentido profundo del deber, lo que menoscaba así la idea de autoridad. Para Labaké, todo se transformó en tema de derechos, creando un verdadero tabú de la norma y desacreditando a quienes deben encargarse, supuestamente, de su cumplimiento.
“La etimología de la palabra ‘autoridad’ es sumamente elocuente”, se alcanza a leer en las páginas de Redescubrir la autoridad, el desafío de padres y docentes. “Viene del sustantivo latino ‘auctor’, que significa ‘autor’, que a su vez deriva del verbo latino ‘augere’, cuya traducción literal es ‘hacer crecer’ o ‘tener cuidado de… para favorecerlo’. Toda autoridad supone una finalidad de servicio en el ejercicio de sí misma”.
“Para los argentinos, la autoridad tiene una connotación particular. Costó mucho –y sigue costando– abrazar la integración nacional. Entre nosotros, hay una preferencia peligrosa a estar en contra de la autoridad, como una manifestación tardía de adolescencia social. Pero, al menos en Occidente, es la consecuencia de un cambio de cultura”, sostiene Labaké, ahora sentado en su estudio personal. “El vertiginoso desarrollo de las ciencias y de la tecnología, y el inmenso e inconmensurable poder de los nuevos medios de comunicación, contribuyeron a desencadenar una actitud hipercrítica y una conciencia de ‘emancipación’ de toda dependencia. Para darle un nombre a todo esto, recordemos el movimiento de ‘deconstrucción’, que no es solo una tarea literaria y filosófica, sino que atañe y abarca a cada uno de los órdenes de la existencia. ‘Vivir sin obligaciones y gozar sin trabas’, asumían, en 1968, los ideólogos de la revolución de los estudiantes parisinos”.

–Usted habla de redescubrir la autoridad, Labaké. ¿En la Argentina se desgastó esta figura? ¿Cómo y cuándo?
–Estamos siendo testigos de un debilitamiento real y notorio de la autoridad en todos los niveles sociales, desde la familia hasta la República. Una explicación quizá sean los cambios de mentalidad que suscitó la “modernidad líquida”, que tan bien describió Zigmunt Bauman: una era que perdió la confianza en sí misma y, con ella, la valentía para esbozar –aun menos, para seguir– modelos de perfección. Asimismo, Gilles Lipovetsky ahondó sobre una temática similar en su libro El final del deber. Una tercera argumentación podría ser cierto acostumbramiento a burlarse de la ley, que se expresa en nuestra muy festejada “viveza criolla”. Carlos Nino se abocó a esta modalidad nacional en su texto Un país al margen de la ley. Allí hace una radiografía perfecta de ese estado de “anomia boba” que tantos dolores de cabeza y tantas pérdidas nos generó y nos genera. ¿Cómo y cuándo? Pienso que los casos de caudillismo y autoritarismo colaboraron sobremanera para hacernos caer en el polo opuesto y perder el equilibrio.

–¿Cuán necesaria es la autoridad? Mejor dicho, ¿para qué es necesaria?
–La autoridad es vital para la gestión del “bien común”, ya que cada individuo tiende per se a buscar su beneficio propio. De una forma u otra, todas las sociedades tuvieron su sistema de autoridad. Los conceptos “persona humana” y “sociedad” son indisociables; cuando se conjugan, entendemos, de inmediato, los valores que hacen humana a la vida. Es una cadena, ya que si hay valores, surge la exigencia de la ley que los proteja y los impulse. A la vez, la ley reclama sanciones que le den efectividad. De ahí, el poder que debe sustentar a la ley y a las sanciones. Indefectiblemente, subyace la necesidad de que alguien se haga cargo de esa ley y esas sanciones que promueven el bien común, indispensable para la autorrealización de cada uno de los miembros de la sociedad. Ese “alguien” no es una entelequia; es ni más ni menos que la autoridad.

–¿La norma pasó a ser casi un tabú?
–La exacerbación individualista y emancipatoria hace que uno decida obedecer solo a lo que resolvió su libre voluntad. Así, la ley se vuelve un obstáculo o un enemigo de la propia individualidad y de la propia autonomía. La ausencia de la correcta heteronomía en la cotidianidad conduce a este desfasaje de la “autonomía” que no vislumbra en la ley la “argamasa de la sociedad”. Por ello, la convierte en un tabú. Así, no descubrimos que la verdadera libertad es la sujeción a los valores que están respaldados por la ley razonable. Pero, confesémoslo, los argentinos tenemos un vínculo más que especial con la ley y la ética. Basta repasar dónde nos posicionan cada una de las encuestas mundiales con respecto a los índices de corrupción. Duele reconocerlo, pero es una realidad de la que no nos podemos ocultar.
Reflexiones
La posmodernidad trajo consigo varias revoluciones, como la de la permisividad. Por tal razón, Labaké concluye que al intentar huir del autoritarismo, se cayó en la “autocensura de la desautorización”. “Esto está relacionado con la predisposición compleja del ser humano a comportarse pendularmente. Así como la represión provoca luego el descontrol, la autoridad mal ejercida –con sus excesos a cuestas– acaba, finalmente, en una censura que se vuelve de signo contrario”, subraya el especialista. “Ocurre que los hijos que sufrieron el autoritarismo de sus progenitores después pasan a ser padres permisivos, que no quieren frustrar a sus hijos, ya que temen repetir la experiencia vivida. Entonces, se ubican en el otro extremo, que es lo que se observa con mayor asiduidad. Yo mismo hice una encuesta en varias zonas de la Argentina, en la que demuestro que el 70% de los adolescentes considera que los padres de hoy tienen poca autoridad. Palabra de los chicos, ¿eh?”.

–¿Cómo se encuentra emocionalmente nuestra sociedad, Labaké? ¿En verdad cree, como aparece en sus declaraciones, que en la Argentina del siglo XXI se vive una rebelión? ¿En qué lo nota?
–No es sencillo hacer un diagnóstico. Creo que en los hogares, en las escuelas y en la comunidad misma, vivimos un cierto estado de descontrol y de crispación.

–Convengamos que no es algo exclusivo de estos pagos. Sólo hay que observar los hechos de violencia que están aconteciendo en todo el mundo…
–Por supuesto. Eso remite a varios factores concatenados. Sin dudas, hay una ausencia de autoridad realmente ejercida. Ejercer la autoridad no es, simplemente, sancionar. Es, ante todo, escuchar y detectar lo que está necesitando la comunidad, para responder razonablemente a ello. Entonces, habría normas adecuadas para esas necesidades y no se producirían malestares que, a priori, pueden explotar descontroladamente. Pero estos hechos también señalan la falta de autoridad para señalar los límites que los valores sociales demandan. Esto permitiría establecer un diálogo que evite el reforzamiento unilateral de la “conciencia de clase adolescente” –que no encuentra un proyecto que los motive a vivir el presente–, hoy favorecida por las redes sociales a su disposición. Cuando no se fijan adecuadamente esos límites, no se forman jóvenes con autoestima y capacidad de autogobierno, sino jóvenes narcisistas y con una grave tendencia a la “violencia lúdica”.

–¿Por qué sucede esto?
–¡Porque los conflictos no son canalizados de la manera adecuada! Vayamos al ejemplo de los colegios: el cansancio marcado de los docentes no se debe solo al exceso de tareas, sino, básicamente, al sinfín de conductas indeseadas que deben soportar. Entre ellas, las continuas quejas de muchos padres.

–La mención cae como anillo al dedo, ya que en su libro se dedica, con énfasis, a la familia y a los docentes. ¿Estos símbolos de autoridad también se erosionaron?
–Sí, pero no debemos desesperarnos, ya que conservamos la relevancia de la familia y un pedido, cada día más fuerte, del papel protagónico que debe tener la institución escuela –al que está asociado, de manera indisoluble, el rol docente–. Los padres y los maestros deben ser los primeros en reasumir la autoridad. En el proceso humano de maduración, la autonomía es hija inevitable de la heteronomía. No hay que imaginar otro escenario para que esto sea posible. Es en estas circunstancias donde hay que redefinir el rol de autoridad familiar y escolar, y el de la autoridad en general. ¡Y hacerlo con lealtad y coraje! Hay un acto de decisión que no debe esperar cambios del medioambiente. Está comprobado que la sociedad reacciona de manera satisfactoria cuando experimenta la convicción de practicar debidamente la autoridad.

–Otro de los puntos que aborda es aquel que enuncia que “todo se convirtió en tema de derechos”. ¿A qué se refiere?
–El gran desarrollo del hipercriticismo (corriente defensora de depurar el pasado de todo lo que es oscuro y poco racional) ocasionó cierta lentitud para comprender que los derechos van unidos, paradojalmente, a los deberes. En la actualidad, todo pasa por la demanda y la protesta, que no dejan de tener sus razones, pero es lamentable que no estén acompañadas por un cumplimiento igualmente valioso de la ley. Intuyo que está ligado a la tendencia a eliminar los premios y castigos. Este sistema, que distingue y sanciona a la vez, tiende a respaldar la noción de responsabilidad y de bien obrar. No es pernicioso para nada, sino que responde a la inclinación ambivalente de las conductas humanas.

–Enfoquémonos en las soluciones. ¿Cómo reinstaurar en una sociedad el criterio de autoridad? ¿Cuál podría ser un ejemplo concreto de eso?
–Por naturaleza, el ser humano no tolera atravesar tiempos muy prolongados de inseguridad. Es de su menester que haya un marco de cierto orden previsible para vivir de la manera apropiada. Pero no podemos pasar por alto que la autoridad debe adecuarse a los requerimientos del hombre moderno que solicita, por un lado, mayor injerencia en la gestión del bien común, y por el otro, aproximarse a una conducción participativa, en la cual es la autoridad la que convoca al diálogo maduro para desembocar en consensos fundamentales. Tal vez, Lula, el ex presidente brasileño, sea un buen ejemplo de lo que estamos hablando: culminó su mandato con más del 80% de opinión favorable y produjo el ascenso de una importante franja de la población humilde a un nivel de clase media, sin originar crispaciones o grandes convulsiones sociales.

–¿No se acerca esto a una misión imposible en un país en el que “autoridad” y “autoritarismo” se confunden con facilidad?
–Esa confusión es un obstáculo, pero no es insalvable. Todos debemos abogar por abolirla, con la educación como bandera, incluidos los medios de comunicación que protagonizan una dimensión ineludible de “educación social” no institucional. Hay que trabajar con urgencia para diferenciar la autoridad de todo aspecto de autoritarismo, reafirmando que la autoridad emerge de manera genuina de la sociedad y que debe hacerse cargo del bienestar universal, dentro de la ley y no al margen de ella. El primero que debe respetar las leyes para ejercer debidamente la autoridad es, precisamente, la autoridad.

Prueba empírica

En 1991 Julio César Labaké realizó una encuesta a 1200 adolescentes de entre 12 y 17 anos, de siete provincias. En 2010 hizo lo propio con 641 encuestados del mismo grupo etario, en Olavarría (provincia de Buenos Aires), Ciudad Autónoma de Buenos Aires, San Salvador de Jujuy y Termas de Río Hondo (Santiago del Estero). El tema? La autoridad. De las respuestas de los adolescentes, Labaké extrajo las siguientes conclusiones:

  • Reclaman más autoridad.
  • Relacionan un estado de autoridad con la posibilidad de preparar un futuro y formarse como buenas personas.
  • Cuando se los enfrenta con la elección futura de colegio para sus hijos, les preocupa la presencia de una sólida autoridad que los ayude a instruirse adecuadamente.
  • Perciben que los padres, en general, tienen «poca» autoridad.

El ejercicio de la autoridad

Julio César Labaké ofrece una guía para la reflexión y la acción concreta, dirigida en especial a padres y educadores profesionales. Sus principales objetivos son:

1. Tener una visión prolija de la cultura actual para comprender a ninos y adolescentes.

2. Tener la capacidad de percibir todo.

3. Contar con la aptitud de promover la participación.

4. Asumir de manera responsable el deber de pronunciar la última palabra (o la primera).

5. Lograr que racionalidad, firmeza y cordialidad siempre estén unidas.

6. Tener en cuenta que la autoridad siempre genera un modelo.

7. Lograr que los padres y los educadores permanezcan unidos.

 Fuente: Revista Nueva

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