El desafío de perdonar

Puede ser una de las tareas más difíciles, pero también una de las más sanadoras. Las claves para lograrla son ampliar la mirada, ejercer la autocrítica y desarrollar una actitud […]

Puede ser una de las tareas más difíciles, pero también una de las más sanadoras. Las claves para lograrla son ampliar la mirada, ejercer la autocrítica y desarrollar una actitud compasiva. El perdón y el amor, según dicen los especialistas, son casi sinónimos.

En una charla imaginaria entre la Madre Teresa de Calcuta y Martin Luther King, los dos grandes pacifistas no tardarían en coincidir en que el perdón es una de las herramientas más sanadoras.

“Cuando perdonamos, no sentimos más la ofensa, no sentimos más rencor. Perdonando, tendrás en paz tu alma y la tendrá el que te ofendió”, dijo una vez la beata.

El orador asesinado en Memphis, por su parte, afirmó en una oportunidad que quien es incapaz de perdonar es, en realidad, incapaz de amar. Afirmación a la que suscribiría Mahatma Gandhi si se sumara a la tertulia; para él, perdonar es el valor de los valientes, y solo sabe amar quien es fuerte para perdonar una ofensa.

Claro que hablamos de personalidades especiales, coherentes en sus dichos y en sus actos y grandes emisarios de paz; por eso, llevar a la práctica sus consejos puede ser complicado para los mortales corrientes. Pero vale la pena intentarlo. Las personas que perdonan son capaces de ir más allá, hacia una curación más profunda, y de disfrutar realmente de sus vidas. Quienes se pierden en la rabia, el rencor, la culpa y la vergüenza se estancan emocionalmente y pierden su poder.

Perdonar es liberarse de los resentimientos y desanclarse de lo ocurrido, para que la vida gire hacia un nuevo rumbo. La actitud del perdón tiene que ver con emprender la liberación del dolor, dejar de lado el sobrepeso que genera reactivar el pasado como presente y reiniciarse desde un lugar de aprendizaje de lo vivido.

Tutorial del perdón

Del dicho al hecho, hay un largo trecho, según dice un proverbio popular. Y el caso que hoy nos ocupa no es la excepción, ya que una cosa es saber conocer los beneficios de la indulgencia, y otra, muy diferente, es ponerla en práctica con todo lo que eso conlleva.

El primer paso es aceptar que se debe ocupar una nueva posición, aunque nunca se la haya deseado y genere angustia. Cuando alguien nos falla, hay que aceptar –con realismo– que algo cambió y crear un nuevo estado desde donde comenzar a vivir. Una vez que se ha logrado ese registro realista, debemos conectarnos con nuestro interior, porque buscar preguntas en el afuera (como ‘¿Por qué me pasó esto a mí si no lo merecía?’) nos desconecta del nuevo escenario que debemos afrontar. Solo cuando uno se acepte diferente por la experiencia vivida y se permita mirar al otro con una mirada más amplia, podrá avanzar hacia el despojo de la traición.

Cuando uno perdona, pasa de ser víctima de una situación a ser el artífice de su propia vida.

Nuestra visión habitual está obnubilada por los juicios y percepciones del pasado proyectados al presente. Cuando elegimos cambiar nuestra perspectiva por una visión más profunda y abarcadora, surge una mayor comprensión y compasión por nosotros mismos y por los demás. Cada vez que hacemos este cambio, nos capacitamos para dejar marchar, liberar y olvidar el pasado.

El secreto es tomar el perdón como una decisión: la de ver a la otra persona más allá de su personalidad, su idiosincrasia, su neurosis y sus errores, para sacar a la luz su esencia más pura y comprender que siempre es digna de respeto y, por supuesto, de amor.

El momento de perdonar debe estar acompañado de una mirada sobre uno mismo y sobre las propias responsabilidades: Hay que tener conciencia de la situación en la que uno estuvo implicado y de lo vulnerable que fue. Uno debe comprender por qué toleró tanto tiempo ciertos menosprecios y por qué siguió amando a alguien sin ser correspondido. Por otro lado, también es importante entender que el otro puede no haber sabido que ofendió o lastimó.

Enemigos íntimos

Si hubiese que identificar a los villanos de esta historia, los primeros actores en hacerse presentes en el escenario serían el rencor, la rabia y el orgullo.

La mayoría de las veces, estas emociones tienen su origen en heridas vivenciadas durante la infancia, frente a las que el sujeto no ha contado con recursos suficientes y que posiblemente se hayan resignificado en años posteriores. Es poco probable que, en individuos que tienen cristalizados rencores y resentimientos, puedan anidar sentimientos amorosos.

La rabia y el rencor son emociones fuertes que desgastan la energía de muchas maneras. Por un lado, generan un estrés que impide recargar fuerzas para enfrentar las situaciones más dolorosas; por otro, operan como el escondite ideal de recursos realmente necesarios en el ejercicio de perdonar. A medida que se van quitando las capas de estas sensaciones superficiales, se descubre que debajo se ocultan muchas otras, fundamentales para un vínculo saludable. Según dice la autora, estamos preparados para escuchar a los sentimientos que “saben gritar más fuerte”.

El orgullo es un sentimiento que bloquea e inhabilita para perdonar o aceptar lo que nos genera dolor. Muchas veces la inhabilitación se debe a que nos hacemos cuestionamientos que no nos ayudan a sentirnos mejor. Una de las clásicas preguntas erradas es: ‘¿Se merece que lo perdone?’. En realidad, la cuestión no pasa por si una persona merece nuestra indulgencia o no. El cuestionamiento que debemos hacernos es si perdonar no es una manera de liberarse y de dar lugar a una etapa superior.

La palabra ‘resentimiento’ viene de ‘resentir’, es decir, ‘volver a sentir  intensamente una y otra vez’. Cuando estamos resentidos, sentimos con intensidad el pasado una y otra vez. Esto, sin duda, no solo tiene un efecto lamentable en nuestro bienestar emocional, sino que también repercute de manera negativa en nuestro bienestar físico. De aquí que el perdón, en esencia, sea una actitud plenamente sanadora que repercute más allá del alma.

Cuando cuesta dar el primer paso

Testigos, en su consultorio, de infinidad de pacientes que desean perdonar, pero no lo logran, las especialistas dan las pautas para romper el muro.

Esto es frecuente cuando se trata de traiciones, de lealtades rotas, de personas con las que existía confianza ciega y frente a las que hay un resquebrajamiento tan importante que es imposible acercarse. En estos casos, tomar distancia para ver en perspectiva lo sucedido es un recurso muy útil, como también poner en palabras los pensamientos y compartirlos con personas que sepan acompañar este proceso, hasta lograr aceptar lo ocurrido y dejarlo ir.

El imperdonable

Si se hiciera una encuesta acerca de cuál es la traición más severa, muchos nombrarían la infidelidad. Es una de las experiencias más dolorosas y destructivas que ocurren en una relación. A fin de perdonarla, propone que se mire con honestidad el vínculo y que se establezca un pacto de trabajo para reordenar la pareja. Si es necesario, agrega, puede pedirse ayuda a un consultor matrimonial. Lo que no se podrá hacer es evadir lo ocurrido, porque saldrá a la luz tarde o temprano.

En la pareja

Casi ninguna relación adulta presenta tantas situaciones de fricción como el vínculo de pareja. Allí, saber pedir disculpas y disculpar son herramientas ineludibles. En un matrimonio en el que no hay perdón, puede haber muchísimo dolor emocional, porque, sin el perdón, cada uno de los miembros de la pareja tiende a perderse en su yo pequeño. Por lo tanto, conviven mutuamente alejados. En el vínculo de pareja, hay que tener mucho cuidado de no confundir el perdón con la reconciliación. El primer paso es perdonarse y perdonar y luego decidir si se mantiene el vínculo o si será preferible la distancia.

Tomar el atajo

Es muy usual que el camino más corto, el de eludir, se confunda con el de perdonar. Según las palabras de los especialistas, es importante saber que perdonar no significa hacer silencio y permanecer sin críticas en un vínculo que hace daño. Esquivar el problema no es sinónimo de saber disculpar. Antes de la famosa indulgencia, deben reconocerse los propios límites y ser coherente con ellos.

El perdón más difícil

Entre todos los desafíos que plantea el terreno de las disculpas, tal vez el más complicado sea el de perdonarse a uno mismo.

La clave para lograrlo es bajar los niveles de perfeccionismo, para que así bajen los del juicio y la culpa. La exigencia muy elevada rigidiza las actitudes y hace que surjan la culpa y las críticas destructivas.

Perdonarnos es sinónimo de aprender a amarnos: Surge de la disposición a aceptar sin críticas la totalidad de quienes somos, con nuestros defectos y con nuestra gloria innata. La resistencia a perdonarse a uno mismo se da porque, como en todo proceso de cambio, perdonar implica renunciar a convicciones pasadas que no quieren negociarse.

Fuente: Revista Nueva

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