La extimidad

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Las redes sociales, fundamentalmente, cambiaron las maneras de “ser” y “estar”. Lo que antes se reservaba entre cuatro paredes, hoy se exhibe sin tapujos. Con la frontera entre lo privado y lo público quebrada, la intimidad le deja paso a la extimidad. Diversos especialistas analizan cómo enfrentar este nuevo fenómeno.

Tal vez, el logro cúlmine de Internet no haya sido atravesar la cotidianidad en casi todos sus ámbitos, sino hacer realidad lo que navegaba por la mente de Jorge Luis Borges cuando escribió esa serie de cuentos en donde ahondaba sobre el concepto de un espacio sin espacialidad; mejor dicho, una espacialidad virtual que abarque “todo” (en la acepción más literal del término).

Ese “todo”, relevante o trivial, cosechó bondades a tal extremo que ya nadie imagina una vida sin la Web. No obstante, también se cobró una víctima insoslayable: la intimidad. Twitter, Facebook, YouTube, MySpace, blogs o fotologs son voluntariosos hacedores del culto a la personalidad, donde individuos comunes (amén de las celebrities) abandonan el anonimato para lanzarse al dominio del espacio público. Así, comparten con un sinfín de internautas (se estima que, en 2016, serán alrededor de 2000 millones) con cuál de los dos pies se levantaron de la cama, qué blusa se pondrán para ir a la oficina, cuál será el plan del fin de semana o el estado de su situación sentimental.

¿A qué bolsillo roto habrá ido a parar la intimidad si “todo” se dice y “todo” se muestra? En este contexto, irrumpe la “extimidad”. Esta especie de neologismo, que foguea la idea de hacer externa la intimidad, parece ser el gran protagonista de la escena contemporánea, acompañado por los diversos modos que asume el “yo”.

Flota en el aire una suerte de “narcicismo exacerbado” –u “ombliguismo”, que deriva en sociedades que privilegian las “apariencias” por sobre las “esencias”. De esa manera, el ser y el parecer se (con)funden.

La intimidad como espectáculo y el veloz distanciamiento que se produjo en los últimos años respecto de las formas típicamente modernas de “ser y estar” en el mundo, y de aquellos instrumentos que solían usarse para la construcción de sí mismo, hoy casi totalmente eclipsados.

Existía, en un pasado no tan lejano, una interioridad tan rica como densa, misteriosa y oculta, pero, a la vez, sumamente fértil y estable, que se cultivaba en el silencio y en la más absoluta soledad de lo privado. En los albores del siglo XXI, nos sorprende la popularidad de un conjunto creciente de canales mediáticos que permiten exhibir la propia intimidad y consumir ávidamente la ‘vida privada’ ajena. Desde los reality shows de la televisión hasta las webcams de Internet, pasando por todos los servicios de la llamada Web 2.0, y, por qué no, las revistas del corazón o los programas de chimentos. En este cuadro, algo cambió y mucho. En los días que corren, la intimidad, que antes debía protegerse bajo llave, resguardada de la intromisión por las leyes del recato y otras barreras físicas y morales, invade sin pudores el más público de los espacios y se muestra descaradamente ante quien quiera echar un vistazo. Eso es lo que denominamos ‘extimidad’”.

Freud ya hablaba del narcisismo. Es decir que no estamos frente a un paradigma tan desconocidos. Los sujetos contemporáneos, que adoptan y recrean de manera constante estas prácticas, tanto de sociabilidad como de autoconstrucción interactiva e hipermediática, no son idénticos a aquellos que, en los siglos XIX y XX, escribían diarios íntimos entre las cuatro paredes de su habitación, y que se comunicaban mediante densos diálogos epistolares. Esa mutación tiene un sentido histórico: no es casual que los hábitos actuales sean más “compatibles” con el mundo contemporáneo, con todo aquello que la sociedad solicita de los individuos para poder funcionar con más eficacia. Si la soledad y el silencio eran “funcionales” al sistema, porque eran necesarios para practicar la introspección y la autoreflexión –que eran la base de la construcción del “yo” moderno–, ahora se tornaron intolerables. No es aleatorio que “todos” debamos estar “siempre” conectados, disponibles y reportándonos, generando y consumiendo información.

Mientras tanto, la intimidad explota en unos cuantos pedacitos y se estigmatiza el espacio público. Ambas tendencias se están desarrollando en las sociedades occidentales desde principios del siglo XIX, como bien lo ilustró el sociólogo norteamericano Richard Sennett en su libro El declive del hombre público. El gran suceso es que esa intimidad, que ya hace más de doscientos años se convirtió en el escenario madre de nuestras vidas, de repente se volvió visible –porque uno quiere dejarse ver y porque, asimismo, otros quieren ver–. Ya no es más opuesta y separada del espacio público, como dictaban las reglas decimonónicas del decoro y como ocurrió durante buena parte del siglo XX. En este milenio, y ante el estupor de muchos, hay que mostrarla, ya que si no es palpable, quizá no exista. Es la lógica de la “sociedad del espectáculo”, vislumbrada por Guy Debord en 1967: solo existe lo que se puede advertir. Ya no importa la palabra.

Cuerpos dóciles y útiles

Las redes sociales dieron paso a una revolución impensada. Impensada a punto tal que un miembro de una pareja puede enterarse por Twitter de que su compañero/a decidió abandonarlo (no estará pensando en Luli Pop, ¿no?). El uso excesivo de estos soportes hizo que el instinto de protección de la privacidad caducara y que la tiranía de la intimidad llegara para quedarse. Las nuevas tecnologías de información y comunicación son menos la causa que el resultado de una serie de transformaciones –socioculturales, políticas y económicas– que vienen ocurriendo en las últimas décadas y se cristalizaron en los años más recientes. Esos canales, que se usan cada vez más intensamente, constituyen un territorio donde resulta imperioso saber mostrarse usando recursos audiovisuales e interactivos. Peor aún: se transformaron en piedras fundamentales para sobrevivir y para ‘ser alguien’. Por eso, quienes sean parte de ellos deberán entrenarse en esas arenas para constituirse como sujetos ‘compatibles’ con la sociedad en la que vivimos.

Facebook, Twitter o YouTube son una bomba explosiva para la intimidad. Al ajustarnos a sus demandas, nos volvemos “cuerpos dóciles y útiles”.Esos tres ejemplos mencionados son una curiosa combinación de la “sociedad del espectáculo” y la “sociedad de control”, descripta por Gilles Deleuze en los noventa. Las dos teorías se dan en nuestro devenir diario, y las redes sociales son casos claros de esa metamorfosis, bastante reciente y todavía en curso, que afecta tanto a la comunidad en general como a nuestras subjetividades.

Si analizamos, ¿qué ganamos y qué perdimos con esta resignificación de la intimidad? Concluimos que los movimientos históricos son muy complejos, involucran factores de todo tipo y tienen sentidos muy variados e incluso contradictorios entre sí. Además, sus ramificaciones y reverberaciones son impredecibles. Por lo tanto, difícilmente se los puede colocar bajo un esquema simplificador que catalogue sus rasgos como “positivos” y “negativos”. Sin embargo, es evidente que varios de estos fenómenos que transitamos a toda velocidad y que, varias veces, nos dejan perplejos son fruto de importantes conquistas. Pienso tanto en la reivindicación del cuerpo y de las apariencias –en vez de una defensa trascendental de las “esencias interiorizadas”– como en la posibilidad de autoconstruirse y cambiar constantemente, rompiendo tanto con las tradiciones más anticuadas como con la condena a ser fiel a uno mismo y otros valores característicos de la moral burguesa.

Pero no podemos soslayar que abrir las ventanas de par en par puede traer aparejados algunos inconvenientes. Los problemas surgen cuando no sabemos qué hacer con esa enorme libertad.

Cuando notamos que se aflojaron buena parte de las ataduras que amarraban al “yo” moderno, desde las instituciones sociales que hasta hace muy poco se consideraban sólidas –como la familia, la escuela o incluso la patria y la religión– hasta la creencia en una identidad relativamente fija y estable, que residía “dentro” de cada uno y a la cual había que ser leal segundo a segundo. Esa falta de ataduras puede implicar una pérdida de las referencias que amortiguaban y protegían al “yo” y, consecuentemente, puede suscitar pánico ante el abismo de la libertad.

El individualismo exacerbado camina por la misma vereda que la crisis que padecen los proyectos colectivos. Esto se extiende desde el círculo familiar y los amigos hasta la política. Por eso, el sujeto se aísla. El riesgo es que se generen subjetividades demasiado frágiles, “modos de ser” que resulten vulnerables ante el soplo de cualquier ventarrón, susceptibles de desintegrarse ante el menor obstáculo. La respuesta ante esa vulnerabilidad de las subjetividades contemporáneas, que se construyen proyectándose en la visibilidad de las pieles y las pantallas, suele venir de la mano del mercado, una entidad omnipresente que pasó a ocupar ámbitos y espacios otrora insospechables. Por eso, ahora podemos comprar “modos de ser” listos para usar y que se pueden y se deberían descartar cuando pasan de moda.

¿Qué pasará con la “extimidad”?

Estamos recorriendo una transición. Está en jaque un modelo subjetivo, un determinado “modo de ser” históricamente instaurado. Estamos distanciándonos de procederes que fueron hegemónicos por casi dos siglos en las sociedades occidentales, y que fundaban al “yo” sobre las bases más o menos sólidas y estables de la “interioridad psicológica”. Observamos que se incrementa, cada vez más y con mayor velocidad, el valor de la imagen –en especial, corporal–, el culto a las apariencias y la valorización de todo aquello que los demás pueden visualizar. Como ya dije, en una sociedad que apuesta al valor de la visibilidad y de la celebridad que se autojustifica, si algo o alguien no se ve (o no sabe mostrarse), no hay garantías de que exista. O sea que son varios los factores económicos, políticos y socioculturales que están presionando a los cuerpos y subjetividades contemporáneos para que adopten ciertos comportamientos, habilidades y valores, dejando de lado otras posibilidades de autoconstrucción.

Voyeurismo emocional

El caso Jade Goody tal vez haya sido la prueba más cabal de cómo exponer al extremo la intimidad ante la opinión pública. Mientras participaba de un reality show, la británica recibió la noticia, en vivo y en directo, de que padecía una enfermedad terminal. Su tratamiento fue transmitido de principio a fin, seguido por miles y miles de fanáticos que la acompañaron hasta su fallecimiento. Precisamente, los reality shows echaron por tierra aquello de que para ser reconocido era necesario conquistar empresas importantes. “Aunque no tengan nada para decir, muchos jóvenes se construyen a sí mismos como si fueran celebridades”, opina Paula Sibilia, especialista en comunicación y antropología. Las redes sociales son un párrafo aparte. Twitter, que ya cumplió cinco años de existencia, registra 120 millones de tweets por día. Los políticos –los nuestros y los del extranjero– lo consideran una herramienta clave para comunicarse (en el mejor de los casos) con aliados, opositores y público en general. Las empresas suponen lo mismo: el 65% de las 100 compañías más influyentes a nivel mundial tiene cuenta en Twitter, el 50% usa un canal en YouTube y el 54% posee una página en Facebook. A propósito, la creación de Mark Zuckerberg, traducida a 70 idiomas, suma más de 500 millones de miembros. La vida real y la digital cada vez se retroalimentan más: según la Academia Estadounidense de Abogados Matrimoniales, cuatro de cada cinco abogados informaron que en un número creciente de divorcios se presentan pruebas obtenidas de Facebook, MySpace y Twitter (en ese orden).

En La intimidad como espectáculo,

Mutaron las subjetividades por el impulso irrefrenable de “hacerse visible”. Según la autora, esto puede notarse en los reality shows y los talk shows de la televisión, en el auge de las biografías en el mercado editorial y en el cine, en el surgimiento de nuevos géneros como los documentales en primera persona, y en las variaciones que tuvo el autorretrato en los diversos campos artísticos.

Existes porque estás en Facebook

En los últimos tiempos, los individuos deben hacer su propio show para dar cuenta de su existencia. En la actualidad, el “parecer” pesa más que el “ser”. El mundo exige que uno se muestre y para eso se cuenta con el efecto de las cámaras de televisión, las estructuras políticas, las redes sociales y cada uno de nosotros, que formamos parte de esta sociedad. Pero hay peligros. El exponer nuestra información en Internet hace que quedemos al alcance de cualquiera, lo que puede acarrear consecuencias delictivas. Por otra parte, esta exhibición constante nos mantiene alejados de nuestro espacio interior. Cuando el “sistema se cae”, estamos indefensos, vulnerables y no nos alcanzan las herramientas para sostenernos. Sospecho que la “extimidad” es sólo un camino de ida. Llegó para quedarse, no sé si definitivamente, pero sí por bastante tiempo. Nos queda reflexionar. Por un lado, ¿difundir en los medios audiovisuales aspectos de nuestra vida cotidiana nos humaniza? ¿Saber que el otro también se baña a la mañana como yo me acerca? Por el otro lado, estará en uno poner límites para mostrarse. Está bien ingresar en las redes sociales. Pero un rato nomás. Siempre es una excelente opción leer un buen libro.

Gran Hermano colectivo

Cada vez es más frecuente encontrar en la Web la publicación por parte de adolescentes (y no tanto) de sentimientos personales, escenas sexuales y toda clase de imágenes que en otros tiempos no hubieran salido de la esfera privada.
La Web no está sola en esto: diariamente, los medios convierten en noticia cuestiones privadas de seres anónimos. Y ellos se prestan, ya que en este interjuego de medios y subjetividad, la publicación le da a lo efímero la ilusión de la trascendencia, y a lo propio, sentido de real. Si está en la TV o en Internet, existe. En una cultura en la que la imagen es soberana, mostrarse es ser, es existir, y tener imagen pública se convierte en sostén de la subjetividad. Es como un Gran Hermano colectivo en donde, en roles intercambiables, todos muestran y todos miran, en una exhibición de privacidad explícita.
Nuestra vida transcurre en tres planos:
lo íntimo, lo privado y lo público, donde el secreto es condición de lo íntimo; lo discreto, de lo privado, y la difusión, de lo público. Evidentemente, los límites se corrieron. ¿Desaparece la intimidad? No, pero se modifica. Nadie guarda en secreto lo que la sociedad ya no cuestiona. Hoy lo íntimo está reservado a cuestiones más estructurales, como el ser y la identidad: quién soy, para qué existo. La “extimidad”, expresión de una cultura cada vez más dominada por el imperio de lo visual, es parte de un sistema en el que se muestra para decir. Si la imagen reemplaza al discurso, o si se hace discurso con ella, el impacto emocional de lo visual reemplaza a la reflexión, al diálogo y limita el encuentro personal. Estar conectado no es lo mismo que estar comunicado, y mostrarse a todos (y aquí “todos” es un gran anónimo colectivo) no es lo mismo que hablar de uno mismo.

Fuente: Revista Nueva (www.revistanueva.com.ar)

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