La toma de decisiones en la vida

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Cada paso en la vida implica una elección. Según los especialistas, lo importante no es solo afrontarlas, sino ser conscientes de que se puede ser presa de ellas y sus consecuencias. ¿Por qué las decisiones son más poderosas y determinantes que las condiciones externas que nos rodean? ¿Cuánto influye la historia personal? ¿Existe una receta para optimizarlas? Aquí, todas las respuestas.

Tomó, pues, el Señor Dios al hombre y púsole en el paraíso de delicias para que le cultivase y guardase. Diole también este precepto, diciendo: ‘Come, si quieres, del fruto de todos los árboles del paraíso. Mas del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas: en cualquier día que comieres de él, infaliblemente morirás’”.

El fragmento corresponde al Génesis de la Biblia y narra cómo Dios puso a prueba la obediencia y la fidelidad del hombre y de la mujer que había creado. ¿Habrán sido, entonces, Adán y Eva los primeros seres humanos de la Tierra que tomaron una decisión? Lo cierto es que lo hicieron, y con consecuencias, claro. Fueron expulsados del Paraíso al son de “Mediante el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a confundirte con la tierra de la que fuiste formado, puesto que polvo eres y a ser polvo tornarás”.

Como es posible observar, nadie puede discutir que, desde sus inicios, el hombre, como raza, fue dotado con esa bendición llamada “libre albedrío”. Esta es una costumbre que cualquier mortal practica desde que se levanta hasta que vuelve a meterse en la cama. Usted, señora; usted, señor, escoge qué alimento ingerir y cuál no en el desayuno, qué medio de transporte lo llevará al trabajo, qué almorzar, qué merendar, qué cenar, y no alcanzaría toda esta nota para completar la lista. El “sí” y el “no” parecen ser dos caras de la misma moneda, siempre al filo de la lengua para disponer si se quiere “A” o se quiere “B”. Un acto que parece simple, pero que, muchas veces, también se hace cuesta arriba; que tiene sus privilegios y que, asimismo, conlleva una catarata de obligaciones. ¿Cuán poderosas pueden ser las decisiones?

Uno no suele toparse con aquellas determinaciones que alterarán para siempre el porvenir. Sin embargo, las decisiones cotidianas, que son las que se toman sin cuidado y sin recapacitar demasiado, pueden tener, paradójicamente, el mismo efecto. ¿Por qué? Porque no hay salida: de una manera u otra, cualquier decisión impactará de lleno con sus derivaciones. ¿Quiere decir esto que somos presa de ellas?

Tomar decisiones es vivir en libertad. Una persona que decide sobre su propia vida es una persona que ejercita su derecho a la libertad. No hacerlo así nos transforma en esclavos de las decisiones de los otros. Nuestras decisiones modelan nuestro presente, ya que, en gran parte por las elecciones y como resultado de decisiones anteriores, estamos hoy en este tiempo y este espacio.

Según los especialistas, el instante de tomar un camino u otro puede traducirse en una delgada línea entre la edificación y la destrucción, entre la paz y el fracaso, entre el caos y la tristeza. En ese proceso mete la cola, ineludiblemente, la historia personal. Desde su origen, cada individuo está atravesado por circunstancias sociales y culturales. El ambiente donde se crece ofrece siempre un abanico de opciones, y son la inteligencia, los talentos múltiples y los valores incorporados los que harán que uno bucee por esas aguas. Todos estamos influenciados por nuestra historia personal. La mayoría de las veces nos inclinamos por decisiones de acuerdo con otras que las antecedieron. ¿Por qué? Porque desaprender algo es más difícil que aprender algo nuevo. Por eso, nuestra historia personal suele hacernos repetir malas determinaciones que ya tomamos en el pasado. Cada tanto, debemos chequear cómo ese pasado está influyendo en el presente.

Se plantea así el clásico acertijo del huevo o la gallina. ¿Quiénes inclinan la balanza? ¿Las decisiones o las condiciones externas que lo rodean a uno? Es un planteo reduccionista. Somos seres biopsicosociales, por lo cual no se puede aprehender la complejidad de la naturaleza humana excluyendo algunos de esos componentes. El entorno histórico, la sociedad, la cultura y las creencias que en ella coexisten moldearán la manera en que pensamos, sentimos, valoramos, actuamos y, en definitiva, construimos nuestra realidad. A la vez, la personalidad, los rasgos particulares, el momento evolutivo y las decisiones que tomemos también impactarán en las condiciones externas, y generarán cambios. Por eso, esto es algo dinámico, en constante transformación, producto del interjuego de múltiples factores. Lógicamente, tendemos a racionalizar la realidad en forma de causa y efecto (lineal) –ejecutando recortes arbitrarios–, cuando en realidad la sucesión de acontecimientos es enmarañada y con un sinfín de agentes que se influyen mutuamente (circular).

El que no arriesga…

Por lo general, cuando se decide, se intenta anclar en un puerto que acaricie el alma (léase, quedarse tranquilo). Sin embargo, ese propósito puede hacernos “pisar el palito” y que terminemos poniéndonos en las manos de los demás a la hora de resolver. Cuando esto sucede, naufraga la capacidad de perseguir los propios deseos. Tomar una decisión es enfrentar secuelas que pueden ser positivas o negativas. Para muchos, es más cómodo que otros definan por ellos, para luego desentenderse del resultado. O sea, se desligan, lo que demuestra un grado preocupante de inmadurez.

Quienes caen en esta trampa son dependientes, rasgo que germina con los padres y madura con los amigos, las parejas, etcétera. ¿Cuál es el pecado? Creer que no pueden solos. Ya lo dice un sabio refrán: ‘El que no arriesga, no gana’. ¡Y es así! No hay aventura más grande que la de jugársela. Quien se anime a esto subirá un nuevo escalón en su vida. Por supuesto que los riesgos deben ser inteligentes, es decir, que no son solo fruto de la intuición, sino también de la información acumulada.

Los prejuicios y la inseguridad son los “enemigos número uno” de las decisiones. No obstante, hay quienes tienen una facilidad asombrosa para arremangarse y poner primera. Se reduce a una cuestión de hábitos: de no preguntarse si hay que hacer –o no– algo, sino de hacerlo. Un elemento importante es el momento evolutivo que transita una persona. En ocasiones, la experiencia nos puede hacer tomar decisiones de un modo más sencillo, aunque no siempre lo que funcionó en un contexto se replicará en otro. Ahora bien, se asocia la simplicidad a la rapidez. Si reparamos en la velocidad como parámetro, debemos ajustarnos a la personalidad de cada individuo. Seguramente, alguien impulsivo no reflexionará con profundidad sobre sus decisiones: dirá cosas sin meditarlas, comprará artículos innecesarios y tendrá ciertas conductas que después generarán reproches propios o de terceros. Por otro lado, están las personas obsesivas, que querrán tener el control de todo, contemplarán hasta las mínimas variables y realizarán exámenes exhaustivos para, finalmente, no inclinarse por ninguna alternativa (hay que sumar aquí la inversión excesiva de tiempo). ¿Qué es lo que debemos comprender? Que los dos extremos transitarán problemas al tomar decisiones.

Por lo tanto, urge precisar si hay una receta mágica que optimice las elecciones. No hay decisiones correctas por antonomasia, ya que lo que es atinado para Juan puede no serlo para Pedro. Por ende, no hay decisiones perfectas, sino que existen aquellas que uno está dispuesto a afrontar, asumiendo la responsabilidad por ellas (básicamente, tienen que ser coherentes con los propios valores, creencias, cultura, género y expectativas). Cuando tenemos que asumir decisiones complejas, las características de estas hacen que nos sintamos apabullados y queramos evitarlas. Nuestra amplitud de memoria y manejo de múltiples variables es limitada, por lo que resulta imperioso utilizar otros recursos cognitivos para facilitar la tarea. Uno puede confeccionar listados con las posibles decisiones que va a tomar y las principales variantes implicadas, ponderando, de manera cuantitativa, los diferentes ingredientes de la decisión. Esto permite apreciar, a simple vista, el peso de cada una y decidir en función de la información organizada en esquemas. Otro consejo es evitar decidir en un estado de activación emocional –ira, enojo, tristeza, euforia, etc.–, ya que cuando este tipo de emociones nos invaden, es inevitable incurrir en errores de los que, más tarde, nos arrepentiremos.

¿Y el miedo al error, al traspié? ¿Cómo se combate? Equivocarse es intrínseco al hombre y buscar la infalibilidad es tan utópico como inalcanzable. El inconveniente no es equivocarse, sino la imposibilidad de aprender de los errores e incurrir repetidamente en ellos. Por el temor a equivocarnos, dejamos que la coyuntura o los terceros opten por nosotros. Toleramos que nos arrastren y nos mentimos pensando que nos liberamos de semejante compromiso. Juzgamos que no tenemos que hacernos cargo porque no fuimos nosotros los actores (lo que nos ahorra, de paso, un gran cuota de estrés). Simplemente… sucedió. ¡Error, error, error! Allí estábamos participando, por acción u omisión. Somos artífices de nuestro destino, lo que es muy distinto a suponer que todo lo que nos estaba destinado lo elegimos nosotros.

El ABC de las decisiones

  • Toma de decisiones: Proceso en el que se elige una alternativa entre aquellas disponibles, para resolver situaciones actuales o potenciales de la vida, ya sea personales o profesionales.
  • Marco de referencia: Son los recursos mentales, emocionales y espirituales con los que cuenta un individuo a la hora de tomar una decisión. Necesita ser revisado y mejorado constantemente.
  • Decisiones a largo plazo: Producen efectos más impactantes –ya sea positivos o negativos–, forjan un rumbo y requieren disciplina y dedicación.
  • Decisiones a corto plazo: Pueden provocar resultados pobres y desalentadores, y persiguen el placer inmediato.
  • Decisiones programadas o estructuradas:
  • Repetitivas y rutinarias, son aquellas que se toman con frecuencia. Para ello, se utiliza un método establecido de solución que ya se puso en práctica en anteriores ocasiones.
  • Decisiones no programadas o no estructuradas:
  • Son aquellas que no se presentan con continuidad y requieren un método de solución excepcional.

Claves para tomar decisiones

  • Adoptar una actitud responsable al momento de tomar la decisión y ser absolutamente consciente de ello.
  • Trazar con claridad y detalles las metas que se van a perseguir y conseguir.
  • Analizar las posibles consecuencias.
  • Contar con la mayor información posible.
  • Esgrimir un plan de acción.
  • No permitir que los otros decidan por uno ni vivir a expensas de lo que determinan los demás. Decidir es un acto de libertad.
  • No tener miedo ni decidir bajo emociones fuertes.
  • Tener en cuenta que si bien hay decisiones que no tienen marcha atrás, hay otras que sí pueden rectificarse.
  • Las decisiones atraviesan el pasado, el presente y el futuro. Debemos considerar que somos lo que decidimos ayer y que lo que elijamos hoy condicionará el futuro.

¿Decisiones o condiciones externas?

Es cierto que las condiciones externas existen y que, a veces, la suerte nos favorece más que otras. Pero más importante que las condiciones externas en las que nacimos son las decisiones que fuimos tomando a lo largo de nuestra vida. Las condiciones externas tienen poca influencia en los logros de una persona. Más injerencia tiene aquello que decidimos y las acciones que emprendemos. Cualquier persona puede hacer lo que se propone si toma las decisiones que la lleven a ese lugar.
No podemos desatender las condiciones externas que se nos anteponen, pero una buena decisión también tiene el poder de transformar esa condición externa. Por ello, creo que un 80% de lo que nos sucede es producto de nuestras elecciones.

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