La generación Ni-Ni

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Son jóvenes de entre 14 y 24 años que “ni” estudian “ni” trabajan. En la Argentina, representan el 20% de dicha generación. En nuestra provincia Santa Fe son 160.000 y a nivel nacional la cifra aumenta a 900.000. El fenómeno no es sólo nuestro, es mundial. Por qué sucede, y lo más importante: cómo solucionarlo.

En un rango de edad que se extiende entre los 14 y los 24 años, los hombres del mañana incorporan a su abecedario las palabras estudio y trabajo.

Sin embargo, y pese a los descensos en los índices de desocupación, la Argentina transita una realidad paralela e ineludible: según datos del Ministerio de Trabajo, en el mismo grupo etario, el 20% de los jóvenes (alrededor de 1,2 millón) no estudia ni trabaja (lo grave: la mayoría tampoco busca empleo). En Europa, se los define como la Generación Ni-Ni. Bien lo describe la radiografía elaborada por el sociólogo argentino Artemio López titulada Juventud, ¿divino tesoro? El documento plantea la marginación y frustración que, desde hace una década, acompaña a los adolescentes argentinos. En sus líneas se lee: “Estos jóvenes se desarticularon del circuito educativo al mismo tiempo que no colaboran con las tareas del hogar: son inactivos absolutos. La falta de contención, ya sea del mercado de trabajo, el circuito educativo o las responsabilidades hogareñas, los constituyen un conjunto de extrema vulnerabilidad social”.

Estamos ante una generación de jóvenes pasiva, desilusionada y sin motivaciones por el futuro. Fueron beneficiados y nacieron con increíbles adelantos tecnológicos y con un desarrollo de los medios de comunicación como no existió en épocas anteriores. Sin dedicación, tuvieron mucho a su alcance; conocieron lugares y contactaron gente sin viajar. No encuentran modelos a los cuales seguir ni desafíos para alcanzar.

No sé si llamarla ‘nueva generación’. De hecho, cada generación tuvo sus problemas. Al considerar al ser humano sólo desde una visión utilitarista, se piensa que los jóvenes sobran y, a su vez, son vistos como competencia y no como aporte en el mercado laboral y el sistema económico. Y si, además, el trabajo no garantiza un progreso cierto y un sistema de vida satisfactorio, es factible que los jóvenes se dejen llevar por el desencanto y pretendan, con diverso éxito, alargar la adolescencia.

Los datos concluyen con que 550 mil adolescentes de entre 14 y 18 años abandonaron la secundaria. Entre los motivos figura que “la escuela no sirve para nada”. En cuanto al campo laboral, no se insertan por desidia, aunque también porque no tienen posibilidad, capacidad o suerte para hacerlo. Tomemos una ley básica de mercado: para que haya demanda tiene que haber oferta, y sabemos que, desde hace años en nuestro país, las ofertas de trabajo escasean. Por lo tanto, los jóvenes no tienen mucho que demandar si la oferta es casi nula. Se habla de una Generación Ni-Ni, pero ¿quién la generó?

Problema global

Los indicadores de América Latina muestran que cuatro de cada diez latinoamericanos son jóvenes. Éstos son decisivos para la democracia, el progreso tecnológico y la calidad de la sociedad. Es decir, son la esperanza. Alarma que sólo el 34,5% termina el secundario (básico para ingresar en la economía laboral) y que el 80% de los hijos de padres que no completaron la primaria, tampoco la finalizan. ¿La cifra alarmante? Más de 50 millones de jóvenes latinoamericanos están fuera del sistema educativo y del mercado de trabajo.

Más allá de la deserción escolar o de la imposibilidad de acceder a un empleo, el dilema de la desmotivación juvenil preocupa y responde a diversos factores. Hay una falta de modelos de adultos atractivos capaces de marcar un rumbo que los entusiasme y los saque de la apatía. Adultos que, sin confundirse con ellos, entiendan sus códigos y sintonicen su frecuencia. Se perdieron las certezas para vivir, y no supimos entender las crisis como oportunidades. El desinterés por el trabajo es consecuencia de que el esfuerzo no está de moda. El trabajo es una bendición, una capacidad del hombre de perfeccionarse a sí mismo, a su sociedad y al mundo que lo rodea. Pero también implica sacrificarse, capacitarse, superarse, actuar en equipo, trazar planes, ponerse metas y objetivos. Parece demasiado para una generación que no quiere salir de la comodidad de que todo esté al alcance de su mano, o del control remoto.

Hay que considerar que el análisis merece ser realizado desde diferentes puntos de vista: desde lo económico hasta lo cultural, antropológico y, también, psicológico. Podríamos decir que existe desgano en este sistema de vida, pero ello no significa que los jóvenes carezcan de propósitos. Los tienen, sólo que no siempre son percibidos como productivos en el plano monetario.

De gustos y plazos

Consumistas, rebeldes, que sólo piensan en el presente, prácticos, apáticos, idealistas, escépticos, responsables, tolerantes y maduros. En ese orden, se catalogan los jóvenes argentinos de entre 18 y 29 años. Así lo muestra el estudio Indice de la Juventud, desarrollado por la Fundación Odiseo y la revista Plan V. Entre sus esparcimientos, el 58% utiliza YouTube, fotologs, blogs y Messenger, entre las nuevas tecnologías de comunicación. Un 28% no las usa, y un 10% ni las conoce. A su vez, el 22% baja música o películas gratis de Internet.

La cultura de mercado los induce a ‘sobregirarse’ en algo que es natural en ellos: el deseo de sentir pasión. Sin embargo, al no poder organizar esa pasión dentro del contexto vocacional, laboral y económico (se los hace desear cosas, pero no se les brindan los medios para conseguirlas), y al estar bombardeados con imágenes de éxitos logrados sin esmero, el panorama se les pone difícil. Los jóvenes tienen plazos cortos. Eligen su carrera no por su excelencia, sino por cuál será más corta y garantice, en teoría, ganar más plata en menos tiempo.

La importancia del primer paso

Si un joven adquiere a una edad temprana la experiencia de tomar la iniciativa, es probable que sea artífice de cambios positivos en su desarrollo personal y a lo largo de su vida.

¿Hay salida?

La respuesta se encuentra en el articulado de sólidas políticas de Estado, el fortalecimiento de las propuestas de educación para desertores y el hecho de asegurar el primer empleo. No se trata sólo de prevenir, sino de incluir, crear puentes.

Otra de las claves radica en resignificar el papel de la familia y los educadores. Se necesita reforzar las figuras de autoridad. Es importante enseñarles a alcanzar las metas por ellos mismos, aunque eso duela. Los padres deben ser modelos atractivos para sus hijos.

Por su lado, los intereses de los jóvenes no sólo dependerán del contexto social, sino de aquellos ideales que cada familia pueda legar de generación en generación. Tanto la pasión como el desinterés se transmiten. Lo individual y lo familiar darán una forma particular al modo de inserción laboral y social del joven. Sería importante cuestionarse cómo se presentan y en qué posición se encuentran hoy los adultos en relación con los jóvenes. Estos últimos podrán recuperar anhelos y proyectos cuando quienes dan el ejemplo puedan ceder sus gustos, sin olvidar cierto criterio de realidad. Es imperioso actuar desde alguna utopía, pero teniéndola como guía y no como punto de llegada implacable. Importa el recorrido y no el frustrarse al no cumplir dicho sueño.

Los jóvenes constituyen una problemática que involucra a nuestra cultura como un todo; grandes y chicos sufren las distorsiones de la pérdida de valores comunitarios que ofrecen sentido a la vida. Generalmente, tanto unos como otros responden de manera muy positiva cuando encuentran un lugar en donde actuar protagónicamente su propia vida, sin creer que la felicidad vendrá a través del mero consumo, la dádiva de algún poderoso o el ganarse la lotería.

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