La importancia de la seguridad vial

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En la Argentina, aproximadamente veinte personas mueren por día en accidentes de tránsito. Hace diez años que este promedio no se modifica, lo que nos ubica en una posición muy comprometida con respecto a otras naciones del mundo. Aquí, la responsabilidad de las autoridades, las ¿incorregibles? costumbres de la sociedad y la necesidad urgente de enseñar educación vial desde las escuelas para empezar a revertir esta tendencia.

No hay que remontarse mucho tiempo atrás para leer en los titulares de los diarios el caso del hombre que atropelló a dos inspectores de tránsito al intentar huir de un control de alcoholemia. O el del colectivero que se salió de su recorrido y atropelló a una madre con sus dos hijos. O el del móvil del Cuerpo de Control de Tránsito de la Ciudad de Buenos Aires que cruzó las barreras bajas de un paso a nivel. O el de la tragedia evitable en la santafesina ruta 11. O el del famoso automovilista que negó que anduviese en la Panamericana a 285 km/h, alegando que solo aceleró treinta segundos a 196 km/h –amén de aceptar, muy suelto de cuerpo, que él no suele manejar a 200 km/h, pero tampoco a 130 km/h–.

Así somos. Así estamos. Con un tumor difícil de extirpar. La Argentina ostenta uno de los índices más altos de mortalidad producida por accidentes de tránsito, además de cientos y cientos de heridos de distinta gravedad por año, y de cuantiosas pérdidas materiales, que se traducen en millones de dólares. ¿Abrimos el espectro? En Sudamérica, nuestro país lidera la tabla de siniestros viales dejando atrás a Venezuela, Perú, Colombia, Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay, Ecuador y Bolivia.

El diagnóstico resulta desalentador, y peor aún es comprobar lo que revelan las estadísticas. Según Luchemos por la Vida, asociación civil dedicada a la prevención de accidentes de tránsito (considera a las personas que fallecen en el lugar del accidente y a las que mueren hasta treinta días después del hecho), el total de muertos en 2009, en estas circunstancias, ascendió a 7885, con un promedio diario de 22 defunciones y uno mensual de 657. En los primeros cinco puestos se ubican Buenos Aires (que contabilizó 2983 muertos), Santa Fe (648), Córdoba (548), Mendoza (371) y Entre Ríos (327).

¿Cambió el panorama con respecto al 2008? El total de muertos fue de 8205, el promedio diario también fue de 22 y el mensual de 683. En Buenos Aires, el número fatídico fue 3195, en Santa Fe fue 698, en Córdoba fue 603, en Mendoza fue 431 y en Entre Ríos fue 337. Pero animémonos a profundizar el análisis. Si nos extrapolamos a una década atrás, ¿cuál era la situación en 1999? El total de muertos en el territorio nacional fue de 7533. El promedio diario fue de 21 y el mensual, de 628. Buenos Aires sumó 2509 fallecimientos, Santa Fe 705, Córdoba 671 y Mendoza y la Capital Federal coincidieron en 349.

Lo que usted está pensando en este mismo momento es, exactamente, la cruda realidad: no se experimentó una variación relevante en los últimos diez años. ¿Que al menos no se empeoró? Bueno, sí, pero son demasiadas temporadas y demasiadas víctimas para que los brazos sigan como aparentan estar: cruzados.

¿Por qué llegamos hasta aquí? Porque carecemos de una política de Estado a largo plazo. Hace ya bastante que nos encontramos en una meseta. Nos acostumbramos a hablar de la suma anual de muertos en accidentes de tránsito, pero nunca se hizo nada de fondo para cortar de cuajo con este problema.

Hace veinte años, se nos morían mil personas por cada millón de vehículos que circulaban. En España, la cifra rozaba la mitad. Hoy en día, en la Madre Patria fallecen 170 individuos y en la Argentina el número sigue siendo el mismo. Y atención: esto es independiente del caudal de autos y de habitantes. Mientras ellos planificaron iniciativas para acabar con este mal, nosotros transitamos una política partidaria que depende de los humores del poder de turno. No hay una unión entre los funcionarios que pasaron, los que ejercen en la actualidad y los que sucederán a estos. No se ponen de acuerdo para ir por un solo camino con respecto a temas como la licencia de conducir o los registros de antecedentes de tránsito. Volvamos a España, una comunidad medianamente similar a la nuestra: en 2006 instauraron la licencia por puntos a escala nacional, en la que otorgan doce puntos. En nuestra Capital Federal te dan veinte y en Nación todavía no está reglamentado. En Europa, comenzaron con los controles y las sanciones efectivas –algo que está comprobadísimo que es la forma de readaptar a una sociedad que hace las cosas mal–. ¿Nosotros qué emprendemos? Casi nada: comunicamos alguna que otra medida, modificamos determinada ley y aseguramos que les quitaremos el registro de conducir a quienes crucen el semáforo en rojo. Pero son avisos mediáticos, con soluciones esporádicas. ¿O no somos testigos de que en los primeros días de enero aparecen, a la vera de la autovía 2, las cámaras de televisión? ¿Y a los diez días, quién está allí inspeccionando? Ahí es donde fallamos”.

Por su parte, en 2008 se creo la Agencia Nacional de Seguridad Vial (ANSV). Esto es un hito en la historia de la seguridad vial argentina, con una asignación decente de recursos materiales, humanos y tecnológicos. Antes, solo teníamos organismos ‘asesores’ y no responsables de ejecución de políticas de seguridad vial. Más allá de la buena, regular o deficiente gestión de los hombres, hay que defender esta institución hasta con los dientes. Asimismo, está la decisión de incorporar, a partir de 2011, contenidos específicos de educación vial en el ciclo formal de la educación pública.

Este último punto es interesante, ya que la Argentina está preparada legislativamente para afrontar este asunto. Tenemos una ley de la época de Raúl Alfonsín, la 23.348, en la que se trata la inclusión de la educación vial en lo curricular. Es decir, que sea una asignatura más, como lo es Geografía, Matemáticas o Historia. Pero la ley tiene que aplicarse, porque si a un chico en edad escolar se le explica, por ejemplo, por qué tiene que abrocharse el cinturón de seguridad, se generarán dos cosas: primero, que sea un buen conductor en su adultez; segundo, que sepa cuáles son las consecuencias de sus actos al volante. Así, se convertirá incluso en un ‘policía’ para sus propios padres, ya que lo peor que te puede pasar es que tu hijo te rete con un ‘Papá, ¿por qué no cumplís con las reglas de tránsito si la señorita dijo que había que hacerlo?’.

Costumbres argentinas

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), los accidentes de tránsito son protagonistas exclusivos de la muerte de los jóvenes de hasta 30 años. Las expectativas de la OMS no son de las más esperanzadoras si no se ponen manos a la obra: este organismo calcula que, entre los años 2020 y 2030, el porcentaje de defunciones puede crecer de manera ostensible, sobre todo en los países subdesarrollados.

Aunque no sean enfermedades, los siniestros viales preocupan –y mucho– a la OMS, que los percibe como un obstáculo difícil de sortear en el ámbito de la salud pública. De hecho, los expertos reflexionan sobre dejar de clasificarlos como “accidentes”, ya que eso supone que son fortuitos, imprevisibles o impensables. Estos términos y la resignación, garantizan los especialistas, caminan por la misma vereda.

Suecia, Noruega y Finlandia avanzan en el proyecto que denominaron “El muerto 0”. ¿Qué significa esto? Que quieren arribar a 2020 sin ninguna pérdida por accidente de tránsito. Indefectiblemente, el éxito parece esperarlos: tales países están entre los veinte y setenta muertos por cada millón de vehículos que circulan.

¿Es posible replicar estas experiencias por estos pagos? Son sociedades diferentes. En la nuestra, violenta como es, no se respeta nada. Ahora bien, cuando viajamos a Estados Unidos, obedecemos cada una de las normas. ¿Por qué? Porque las infracciones, por mínimas que sean, se terminan pagando. Ojo con intentar no hacerte cargo, porque no te permiten reingresar jamás a su país. Pero no nos vayamos tan lejos: en Uruguay, si uno pone un pie en la calzada, el automóvil que viene a media cuadra va a frenar, porque el peatón es prioridad absoluta. No obstante, seamos positivos: si en el exterior nos portamos correctamente es porque el ser humano puede adaptarse al sitio donde vive. Es evidente que tenemos la capacidad. Hace falta que nuestros dirigentes dejen de pensar de aquí a tres meses o a la próxima elección. Cuando se pusieron firmes con el uso del cinturón de seguridad, hubo una transformación radical en los conductores. O sea que se puede.

Digámoslo, el argentino promedio es un tanto complicado para acatar órdenes. La radiografía es angustiante, ya que da cuenta de una suerte de anarquía en el tránsito. Diversas estadísticas arrojan que una cantidad notable de taxis y colectivos presentan un verdadero déficit en cuanto a cumplimientos. Los primeros, por ejemplo, no cuentan con cabezales en los asientos traseros y no obligan a sus clientes a abrocharse el cinturón de seguridad. Los segundos, en boga durante estos meses, no se atienen a sus trayectos, ignoran los semáforos en rojo y no se arriman a los cordones para el ascenso y el descenso de los pasajeros. ¿Efectivamente les instalarán GPS para vigilarlos? Es indispensable mejorar el transporte público, ya que su estado es lamentable. Hay que perseguir este fin si se quiere combatir el caos vehicular. Pero se tiene que conseguir que se pueda arribar, en tiempo y forma, al trabajo o al hogar en subtes que nos permitan trasladarnos con cierta comodidad y no apretados como sardinas, en colectivos comandados por gente prudente y en trenes que tengan todas las ventanillas puestas.

Ahora bien, no es cuestión de cargar las tintas solo sobre el transporte. El comportamiento de la comunidad entera es el que está bajo la lupa. Durante el verano, los excesos en la autovía 2 son tan clásicos como el dulce de leche: se estima que poco más del 20% de los conductores no cometen contravenciones.

En las urbes, las malas costumbres se acrecientan. La mayoría maneja después de haber ingerido alcohol (sobre todo, los fines de semana) y otros tantos utilizan el teléfono celular mientras conducen (los peatones hacen lo propio cuando cruzan las calles o las avenidas). Lo más espinoso es que, por lo general, no se admiten los errores, sino todo lo contrario: hay una sobreestimación de quienes se sientan al volante acerca de su propia “muñeca”, porque se creen mejores que los demás.

Vale la pena analizar un estudio que encaró Luchemos por la Vida en la Ciudad de Buenos Aires acerca del comportamiento agresivo en el tránsito. A saber: el 70% de los encuestados acelera cuando se acerca a un semáforo que está en amarillo, el 53% gesticula o insulta a quien lo molesta con sus maniobras, el 42% le toca bocina a quien lo importuna, el 34% olvida darle prioridad al peatón en una senda peatonal o esquina sin semáforo, el 29% no le da paso al vehículo que viene por su derecha en una intersección, y el 26% se arrima a quien va adelante y le hace luces reiteradas para que acelere o se corra para un costado.

Debemos reconocernos como no instruidos en materia vial. Pero, en la Argentina, esto es casi imposible, ya que los peatones seguirán cruzando por la mitad de la calle, las sendas peatonales serán solo cebras decorativas, las velocidades máximas serán meramente referenciales y colocadas en cualquier lado y a cualquier distancia. Nadie advierte seriamente las reglas y los reglamentos. Es tan grave la trasgresión en los argentinos que cometen contravenciones natural e impunemente. Si les aplican una multa, sobornan; y si les llega una infracción, se ponen en víctimas y piden moratoria.

Tenemos que hacer un mea culpa, porque más allá de criticar lo que hacen mal o no hacen los políticos, quienes nos terminamos muriendo arriba de los vehículos somos nosotros. Salir al tránsito en la Argentina es jugar, constantemente, a la ruleta rusa. Vivimos en la ley de la jungla: el que tiene la carrocería más grande es el que termina pasando, es el que te la tira encima… ¡Y comportarnos mal en la calle implica la vida! Hay que interpretar que este es un sistema del que todos interdependemos.

Pronóstico reservado

La traba mayor es que si bien subsisten políticas para alcanzar una mayor observancia de las normas de tránsito, estas políticas tienen un efecto temporal reducido: los peritajes de las autoridades van cediendo en consonancia con los conductores, quienes dejan de cumplir con sus respectivas obligaciones.

Sin dudas, hay que provocar un cambio de cultura. Adoptar una conciencia del riesgo, forjar hábitos y valores, y comprender que educación vial no es solo enseñar las señales de “prohibido estacionar” o “no girar a la derecha”. La solución no está cerca, menos aún con el crecimiento geométrico del parque automotor, el aumento de velocidad de los vehículos y su constante menor peso –nadie sabe en cuánto frena su automóvil–. Pero hay que abordar, junto con técnicos de países del primer mundo, un plan a mediano plazo, con severos exámenes de conducción y multas elevadas. Si no, todo es una ilusión.

La clave pasa por un aprendizaje que empieza en casa: Observemos la puerta de los colegios: los padres estacionados en doble o triple fila, cruzando a los chicos en zigzag entre los autos… El día de mañana, ¿qué pretendemos de ellos con esas actitudes?. ¿Y dónde concluye el adoctrinamiento? En las más altas esferas: Hay anuncios que son ridículos, como cuando dicen que verificarán el uso del casco en tal esquina. ¿Eso es sensato? Es como que el policía le aclare al ladrón qué banco custodiará y cuál no. La orden de sacar el registro de conducir a quien pase un semáforo en rojo ya se proclamó ¡tres veces! en la Capital Federal. O las fotomultas sacadas por los propios vecinos… ¡Maravilloso!… ¿Cuánto tiempo duraron? ¿Y las bicisendas? Gran idea, pero a mi hijo no lo dejo ir por allí. En vez de construir hectáreas para las bicicletas, habría que cerciorarse de que en esos caminitos no se estacionen autos, no se pongan volquetes y no los usen los paseadores de perros o los motociclistas… Hay que fiscalizar de una vez por todas, ya que no fracasamos en lo que vamos a hacer, sino en cómo lo examinamos. Necesitamos seguridad vial, no planes de marketing. Pedir soluciones inmediatas es utópico, pero nada cambiará si no hay una decisión política honesta y trasparente.

Edúquese usted mismo

Uso del cinturón de seguridad:

Es el mejor salvavidas en caso de accidente. Cuando los pasajeros viajan en el vehículo, se desplazan, aunque no lo sientan, a la misma velocidad que el auto. Si el móvil se detiene de manera abrupta contra un obstáculo, los cuerpos de los ocupantes siguen moviéndose hacia adelante a la velocidad que el auto traía hasta ese momento, impulsados por una fuerza que equivale a unas cuarenta veces el peso de cada persona.

Disminuir la velocidad:

No sobrepase los 90 o 100 km/h (ni incluso donde esté permitido). Disminuir 10 km/h su velocidad habitual aumentará su seguridad. Cerciórese de que el vehículo, el clima y la ruta estarán en óptimas condiciones.

Nada de alcohol al conducir:

El alcohol es un tóxico depresor del sistema nervioso. Aunque no lo note, un solo vaso de vino o de cerveza disminuye su capacidad de conducción, ya que se embotan los sentidos, se altera la percepción, se alargan los tiempos de reacción (las respuestas y las maniobras se hacen más lentas y torpes), la visión empeora y se genera una falsa sensación de seguridad, con errores de juicio e interpretación.

No utilice el celular al conducir:

Causa distracción y tensión. En todo el mundo está creciendo la cantidad
de accidentes de tránsito causados por personas que hablan por teléfono mientras manejan. El uso del celular es un factor que multiplica por cuatro el riesgo de sufrir accidentes. Después de un minuto y medio de hablar por teléfono, el conductor no percibe el 40% de las señales y la velocidad media baja un 12%.

Conductores agresivos:

No conteste a una provocación. Un conductor enojado no puede empezar una pelea a menos que el otro le responda. Manténgase a distancia de ellos y déjeles espacio para maniobrar. No compita; usted no necesita demostrarle a nadie su valor o su razón. Su mayor éxito es llegar a destino sano y salvo.

Quiénes, cómo, dónde y soluciones

Víctimas fatales en accidentes de tránsito en la Argentina (año 2009):

•Conductores u ocupantes del vehículo: 42%

•Motociclistas: 25%

•Ciclistas: 8%

•Peatones: 24%

•Otros: 1%

Según franja etaria de las víctimas:

•De 0 a 12 años: 6%

•De 13 a 19 años: 12%

•De 20 a 24 años: 15%

•De 25 a 34 años: 21%

•De 35 a 60 años: 29%

•Más de 60 años: 17%

Según sexo de las víctimas:

•Varones: 76%

•Mujeres: 24%

Medidas más pedidas: brindar educación vial (77%), incrementar los controles (63%),

endurecer las sanciones (54%), aumentar la capacitación de los conductores (45%), mejorar los caminos (31%), optimizar la señalización (22%), otros (7%).

Jóvenes al volante

Los menores de 25 años se accidentan tres veces más que los mayores, son causantes de la mayoría de los accidentes que sufren y mueren más por esta causa que por cualquier tipo de enfermedad. Los padres deben procurar evaluar si su hijo será –o no– un conductor seguro. Pueden detenerse en su personalidad (si es impulsivo, inestable, irascible o agresivo), en su responsabilidad y madurez, en su actitud ante el riesgo, en su grado de independencia con respecto a su grupo de pares y en su postura frente a la autoridad. Los dirigentes y la sociedad en sí también tienen que aportar lo suyo. Los jóvenes quizá sean los más peligrosos al volante porque son bebedores sociales, porque salen con los amigos y se creen los más pillos de todos, los que se las saben todas… y se terminan muriendo. Cuando se saca por primera vez el registro de conducir, uno está obligado a colocar un cartelito con una letra ‘P’ –de principiante– en el parabrisas. ¿Alguien se cruza por la calle con muchas ‘P’?

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