Fobia a los examenes

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Cuando llega la época de pruebas y parciales genera consecuencias fisiológicas, emocionales y hasta cognitivas en ciertos jóvenes y adultos. Pero ¿por qué padecen tanto a la hora de rendir frente a un profesor? ¿Cuándo se transforma en una fobia? ¿Puede dominarse el problema?

Ya que hablamos de pruebas, comencemos con un multiple choice. ¿La consigna? Tildar las opciones con las que se identifica en la antesala de un examen.

a) Intenta, a toda costa, cambiar la fecha de la evaluación.

b) Se siente mal, se enferma.

c) “Estudié, pero no me acuerdo de nada”, es su frase de cabecera.

d) Está nervioso, ansioso.

e) Descuenta que, una vez que enfrente al profesor, se paralizará de pies a cabeza.

f) Sufre de palpitaciones, temblores, náuseas y alergias.

g) La noche anterior, no pega un ojo.

h) Transpira como si dentro de su cuerpo funcionase un sauna.

¿Y? ¿Cómo le fue? ¿Cuántas opciones marcó? ¿Una, dos, cuatro? ¡¿Todas?! A ver, pongamos blanco sobre negro: frente a una instancia que catalogamos como “importante” (un examen es un claro ejemplo), todos experimentamos un nivel normal y comprensible de ansiedad que, incluso, es útil porque nos mantiene mentalmente activos y expectantes. El dilema sobreviene cuando, lejos de ser controlable, la angustia, consciente o inconsciente, es excesiva, extrema e impide pensar o actuar en forma correcta, aunque uno sepa a la perfección qué es lo que tiene que hacer, decir o escribir.

Los exámenes generan siempre un estado de alerta. Lo que sucede es que, previo a rendirlos, se activa una ansiedad anticipatoria que lleva a ciertos alumnos a sufrir dolencias físicas. En los exámenes, las personas que sufren de ansiedad social pueden tener una performance o un desempeño inferior a su conocimiento. Sucede que tienen la impresión de que quedan con la ‘mente en blanco’ o tienen síntomas, como diarreas, náuseas, temblores, mareos, ahogos, rubor facial, etcétera, que interfieren notablemente en su producción.

El temor a un examen puede transformarse en un serio problema psicológico cuando la persona piensa –cada vez que tiene que afrontar la responsabilidad–, que sería mejor abandonar los estudios.

Ese miedo puede anclar en distintos puertos: puede convertirse en un cuadro específico, puede formar parte de una patología ansiosa o depresiva, o puede terminar generando un trastorno de aprendizaje.

Por un lado, tenemos la propia fobia a los exámenes, que es como cualquier otro tipo de fobia (como la agorafobia, la claustrofobia o la aerofobia). Por el otro, la conocida fobia social –o el trastorno de ansiedad social–, en la que el individuo teme a ser evaluado negativamente. Esta la padecen aquellos que son excesivamente tímidos; prefieren dar la prueba en forma escrita y no oralmente, ya que odian tener que ser el centro de atención, no le pueden sostener la mirada al profesor, etcétera. Por último, tenemos el trastorno de ansiedad generalizada, que lo sufren quienes sobreestiman la posibilidad de dar mal el examen. Siempre sospechan que puede pasar algo malo. Su grado de preocupación es altísimo.

Cómo dominar las sensaciones

El temor a los exámenes es un clásico en la finalización de los ciclos lectivos de los colegios y de las universidades. Y no es para nada un mito. Diversas investigaciones científicas constataron que sus consecuencias afectan tanto el nivel fisiológico como el emocional y el cognitivo de un ser humano. Los cambios orgánicos existen y son fácilmente verificables: bajas de defensas, fallas en la capacidad de atención e incremento de las frecuencias cardíacas y respiratorias.

Lo más llamativo es que no hay inmunes frente a ese momento inquietante, ya que jóvenes, intelectualmente preparados, fracasan en sus estudios por no poder desafiar los exámenes. Las limitaciones causadas por la fobia social son severas y persistentes. Es muy frecuente el abandono de los estudios, ya sea a nivel secundario o universitario, y la evitación de trabajos que impliquen reuniones de equipo, compartir espacios comunes o liderar un grupo. Un estudio realizado sobre 128 casos, arrojó que el 73% de los pacientes con este trastorno mostraron fracasos académicos y laborales, graves o severos, debido a los invalidantes niveles de ansiedad que experimentan en las relaciones interpersonales. Si a ellos se le suman los que reportaron un deterioro moderado en su actividad (25%), encontramos que el 98% presenta afectación de moderada a severa. Sólo el 2% de los pacientes con fobia social evidenció deterioro leve o nulo de sus rendimientos. Es muy frustrante, año tras año, ir a rendir y no poder hacerlo.

La baja autoestima, el perfeccionismo a ultranza, la percepción errónea de sus acciones, la falta de juicio crítico, una elevada exigencia para consigo mismos, una preocupación desmedida por los errores y una gran vulnerabilidad a las críticas son sólo algunas de las características que traslucen aquellos que se quedan amurados frente a un tribunal examinador.

Pero hay una buena noticia, y es que el pánico al examen se puede aprender a dominar. En diferentes establecimientos (como la Sociedad Argentina de Terapia Familiar o la Fundación Iccap) se ofrecen talleres que le dan batalla a la problemática. Los especialistas coinciden en que las soluciones atañen tanto a los alumnos, como a los profesores, los colegios, los institutos y las universidades. Es decir, a todo el sistema educativo en general.

Los estudiantes deben relajarse y darle una valoración real al hecho de dar un examen. Deben concentrarse en las respuestas y no en sus síntomas, y tratar de no anticiparse negativamente. Por su parte, es una obligación de los docentes forjar una actitud pedagógica, generar un clima agradable, contener y emanar tranquilidad y confianza. Hablarle al alumno antes y durante el examen, y pretender sacar lo mejor de él”. ¿Cuál debería ser el rol de las instituciones? Pautar una cantidad de contenidos que sean plausibles de absorber en un período determinado y no acumular incontables fechas de exámenes.

El papel de los padres

La prevención, la solidaridad, la educación y hasta la violencia. ¿Cuántas cosas empiezan por casa? Bueno, apaciguar el temor por los exámenes, también. Los adolescentes, en su mayoría, no realizan una consulta psicológica por este tema, sino que acuden primero a un profesor particular, repiten el año o terminan eludiendo, sistemáticamente, la instancia del examen.

Los padres hiperexigentes pueden llegar a aumentar la ansiedad en sus hijos y es aconsejable desdramatizar la situación de estudio; o sea, estar encima del alumno lo justo y necesario, incentivando a que se dedique a incorporar información, pero sólo cuando esté lo suficientemente concentrado para ello. Los padres tienen que tener las antenas paradas y detectar que el chico atraviesa una dificultad. Deben adoctrinarlos para que la presión sea parte de la vida e inculcarles la necesidad de comprometerse a sortear cada etapa para poder avanzar en sus carreras.

El cuadro, angustiante por cierto, no se reduce a una timidez o a unos nervios un poco exacerbados. No. Se extiende al punto de que varios investigadores, psicólogos y profesores decidieron reflexionar aún más sobre el asunto para que las personas no viven cien los exámenes como algo insuperable, infranqueable y peligroso. Al fin y al cabo, como dicen algunos pensadores, triunfar y ser exitoso en la cotidianeidad, en el día a día, no se reduce a un destacado en el boletín o a una excelente nota en la libreta universitaria. Seguro, va mucho más allá de eso.

Los más temidos
Para los especialistas, el examen oral es el que más miedo despierta en los alumnos. Un escalón más abajo, se posicionan los de desempeño (un ejemplo: el que se realiza para sacar la licencia de conducir). En el tercer lugar, los expertos ubican a las pruebas de idioma. Pero ¿por qué paralizan tanto estas instancias? Porque uno se siente expuesto a los juicios negativos que pueda hacer “el otro” sobre nuestro rendimiento personal. Frente a tales situaciones, los afectados suelen presentar ansiedad creciente, temblores, rubor, taquicardia, transpiración y dificultad para mirar a los ojos y para pensar (con frecuencia, se puede sufrir un verdadero ataque de pánico). Esta sintomatología provoca un alto grado de interferencia en la vida cotidiana de quienes la padecen.

Consejos para llegar con tranquilidad al día del examen

•Llegar temprano para evitar las corridas de última hora.

•Tratar de dormir bien la noche anterior. Eso evitará que se llegue al examen demasiado cansado y tenso.

•Organizar el tiempo en forma adecuada. Estudiar metodológicamente todos los días y no pretender hacer, en pocas horas, el trabajo intelectual de meses.

•En un examen oral, hay que aprender a tomar el control de la situación. Ningún profesor debe enojarse si uno le pide unos segundos para pensar o permiso para tomar lápiz y papel, y acomodar las ideas.

•La preparación es clave. Es importante conocer las diferentes técnicas de estudio, por ejemplo, practicar en voz alta si el examen es oral.

•Si durante el examen sobreviene la sensación de la “mente en blanco”, no entrar en pánico. Respirar hondo y pensar en algo agradable. Al lograr la tranquilidad, los conocimientos volverán a la mente.

•No presentarse a rendir con el estómago vacío. Estar en ayunas puede generar mareos.

•No caer en la trampa de apurarse porque otros terminan antes.

•Conviene comenzar por las preguntas más fáciles. De esta forma, ganamos confianza sabiendo que “sí, se puede”.

•Es fundamental detenerse el tiempo que sea necesario para entender las consignas del examen (sea este oral o escrito).

•Procurar no hablar con personas que pudieran ponernos nerviosos o generarnos dudas sobre lo que sabemos.

Para más información o solicitar ayuda de un profesional, recurre a: http://sickmind.com.ar/problemas_de_aprendizaje.html

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