El dilema de cambiar de carrera

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Alrededor del 40% de los estudiantes argentinos cambian, al menos una vez, de carrera. La luz de alerta se activa en los casos en los que el cambio es sostenido y desorientador. ¿Por qué sucede? ¿Son positivos los “volantazos” o son una pérdida de tiempo?

Ejemplos

Empecé a estudiar Administración de Empresas, ya que varios amigos habían elegido lo mismo. Pero, con el correr de las materias, descubrí que no me gustaba lo suficiente. Después, probé con Abogacía, carrera con la que me entusiasmé en un principio, pero duró un suspiro. Ahora, estoy cursando Filosofía y Letras, que no guarda ninguna relación con lo anterior, pero, por primera vez, disfruto de lo que hago. Entendí que si uno no hace lo que le gusta, tiene que torcer el rumbo. Me imaginé toda una vida dedicada a una profesión equivocada, y no lo dudé un segundo”.
El caso de Javier (26) no es ninguna excepción entre los jó­venes. Claro, hay más extremos, como el de Romina (24) que es­tudió para ser perito calígra­fo, trabajadora social, diseñadora de indumentaria, contadora, coreógrafa, pero sólo terminó con el título de visitadora médica.

Estadísticas

En el país, las estadísticas sobre los cambios de carrera son variadas, pero certeras todas. De hecho, una de ellas, tal vez la más crítica, indica que tres de cada cuatros estudiantes se equivocan en la elección de la carrera. En los re-registros oficiales se lee que alrededor del 40% del alumnado vuelve atrás en su decisión inicial. El porcentaje se eleva hasta el 50% si hablamos de quienes cursan el Ciclo Básico Común (CBC).
La adolescencia es un estado cambiante que, en la medida en que no se fije precozmente una seudoestabilidad, permite el crecimiento y desarrollo mental. En la actualidad, los jóvenes egresan del secundario con una gran desorientación y una cuestionable preparación. La premisa parece ser “Me anoto y después veo qué pasa”.
Existe un falta generalizada de información. Se elige en función de lo que se cree que es la carrera, y no de un conocimiento serio acerca del campo laboral. Por otro lado, uno piensa que al elegir lo que realmente le gusta, ya no va a ‘padecer’ materias que no son de nuestro interés, con lo cual se concluye, falsamente, que ahora no nos va a costar estudiar. También, existe la creencia de que los estudios superiores son más fáciles que el secundario, y esta representación dista mucho de la realidad. Una vez que se empieza a cursar, uno se enfrenta con situaciones similares al secundario: no todo lo se que estudia nos interesa por igual. En conclusión, el esfuerzo va unido al interés: no es verdad que porque me interese ya no me cueste estudiar.
A su vez, otra de las dificultades generalizadas y que trae sinsabores es la falta de técnicas de estudio, aquello que se relaciona con la organización y el mantener un ritmo de estudio permanente. Se refleja, a veces, en los primeros exámenes, cuando uno des-cubre que no estudió lo suficiente, y en el nivel de profundidad requerido. Erróneamente, se termina por leer dicha dificultad como una mala elección de carrera: ‘Me fue mal porque me equivoqué al elegirla’.

¿Suma, resta, es positivo o negativo?

Según un estudio realizado por una universidad privada, el 40% de los encuestados manifestaba “estudiar a desgano la carrera que eligió”, y que “debería haber elegido otra cosa”. La problemática excede las fronteras de la Argentina. Por ejemplo, un periódico de México publicó un artículo en el que se demostraba la preocupación de la sociedad por los “miles y miles de jóvenes que cambian y cambian de carrera”. Entonces, ¿tan malo es “pegar un volantazo”? ¿Es una pérdida de tiempo? ¿No hay nada de positivo en ello?
Ni sí ni no; todo tiene su punto de equilibrio. Que se haga una carrera, otra, y hasta una tercera, forma parte de una evolución. Suma, y no es una pérdida de tiempo, si al cambiar de carrera hacen una consulta vocacional y se toman un tiempo para rever su situación y evaluar mejor cuál fue la causa de su fracaso. Resta, y es negativo, si esa situación no los lleva a una reflexión y toma de conciencia respecto de cómo eligieron y de lo que significa estudiar en el nivel superior.
Hay que darse permiso para explorar y equivocarse. Muchos jóvenes quieren seguir estudiando, pero nada les interesa lo suficiente. Así, deambulan de carrera en carrera pensando que no encontraron su vocación, y lo que no advierten es que no pueden motivarse porque están desconectados emocionalmente.
Sin embargo, dar en la tecla a la hora de elegir una profesión no es para nada sencillo, sobre todo si se considera lo vertiginoso del mundo laboral y la crisis económica mundial (léase, entre otras cosas, las altas tasas de desempleo). Allí se plantea la disyuntiva (en caso de que no haya coincidencia): ¿optar por el “amor al arte” o por aquello que engrosará nuestros bolsillos? Hay que aceptar que no hay elecciones ideales. Pecamos de idealistas y buscamos la ‘mejor elección’. Yo diría que hay que inclinarse por la ‘mejor elección posible’. Posible a mis posibilidades e intereses, y posible en función de la realidad ocupacional.

Manos a la obra

Conocerse a sí mismo en cuanto a intereses, habilidades y valores personales. A grandes rasgos, los expertos coinciden en dar esta respuesta a la hora de “las claves para no equivocarse de carrera”. Uno debe cuestionarse acerca de aquello que le gusta y que quiere conocer. ¿Qué me atrae espontáneamente de la vida? ¿Cómo me veo en el futuro? Y después sí, asesorarse con las guías del estudiante, los centros de información de las universidades y los cursos de orientación vocacional.
El inclinarse por una u otra opción implica una clasificación organizada y racional de las aptitudes, y de lo que podría a uno darle un sentido de realización personal. Es decir, tener ambiciones, pero con los pies en la tierra. No fracasa en su decisión aquel que puede llegar a dar un golpe de timón, sino el que se inscribe en una asignatura sin madurar alguna idea que le permita asumirse como protagonista de su propia vida. Hay que entusiasmarse, comprometerse y entregarse sostenidamente a un objetivo. De esa forma, la elección se construye, se revalida, se renueva y se resignifica en la cursada.
Lo mejor es poder tomarse un tiempo para elegir y, en este sentido, las ofertas de procesos de orientación vocacional son una posibilidad. Pero léase bien, hablo de ‘procesos’, no se trata de un test que en un par de minutos te resuelve el problema.  Desde mi punto de vista, se debe dedicar un tiempo prudente a la búsqueda tanto interior (conocer los propios gustos, expectativas, temores) como exterior (tomar contacto real con la realidad laboral) antes de tomar un decisión.

Hoy tenemos a chicos que, desde los 15 años, se contracturan pensando en su futuro, se sobreexigen y viven la elección de la carrera como si fuera una resolución que los salvará o condenará para toda la vida. Corregir el rumbo no es alarmante. Un último consejo: es primordial que, mientras piensan y se redefinen, sigan estudiando, mantengan despierto el instrumento para incorporar conocimiento.

Para más información o solicitar ayuda de un profesional, recurre a: http://www.sickmind.com.ar/problemas_de_eleccion_de_carreras.html

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