¿Cómo pensar como Sherlock Holmes? de Maria Konnikova

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Holmes es ficción. Nadie es tan inteligente como Holmes. No obstante, las bases en las que se sustentan las habilidades de Holmes son científicamente aceptables, y además pueden desarrollarse o potenciarse. Hasta el punto de que, si bien nunca seremos como Holmes, al menos podremos gestionar la información de un modo semejante a como él lo hace. Y pensando como Holmes, también seremos capaces de abordar problemas cotidianos de una forma más eficaz.

Introducción

Es innegable que Sherlock Holmes es un detective sin igual. Lo que nos ofrece Holmes no es solo una manera de resolver casos policiales, sino toda una manera de pensar que se puede aplicar en ámbitos muy alejados de los neblinosos callejones londinenses. Es un enfoque basado en el método científico, que trasciende por igual la ciencia y el delito, y que puede ser el modelo de una forma de pensar, con tanta fuerza en nuestros días como en los tiempos de Conan Doyle.

Cuando Conan Doyle creó a Sherlock Holmes no parece que le diera tanta importancia ni tuviera la intención de crear un modelo para pensar y tomar decisiones, para plantear, estructurar y solucionar problemas. Pero eso es, precisamente, lo que hizo.

Sherlock Holmes fue un visionario en muchos sentidos. Sus explicaciones, su metodología, su enfoque del pensamiento presagiaron los avances en la psicología y la neurociencia que iban a darse un siglo después de su aparición como personaje.

Hoy simboliza un modelo ideal para que mejoremos nuestra manera habitual de pensar. A continuación analizaremos sus métodos.

El método científico de la mente

Cuando oímos hablar del método científico, solemos pensar en alguien con una bata blanca que sigue unos pasos parecidos a estos: observar un fenómeno; plantear una hipótesis que lo pueda explicar; diseñar un experimento para comprobarla; llevar a cabo el experimento; comprobar si los resultados son los esperados; si no lo son, plantear otra hipótesis; y repetir otra vez todos los pasos.

El método científico parte de algo que parece trivial: observar. Sería ilógico plantear hipótesis sin antes saber qué observar y cómo observarlo. El siguiente paso será comprobar nuestra hipótesis: examinar todas las líneas de investigación y eliminarlas una por una hasta que la que quede, por muy improbable que parezca, deba ser la correcta.

Pero aún no hemos terminado. Cuando el entorno cambia, debemos revisar y volver a comprobar las hipótesis; de lo contrario, lo que era revolucionario puede acabar siendo irrelevante; y lo que era reflexivo puede dejar de serlo si no seguimos volcándonos, cuestionando, insistiendo.

Seguir a Sherlock Holmes es aprender a aplicar este mismo método no solo a las pistas externas, sino también a cada uno de nuestros pensamientos y a los pensamientos de las personas que puedan estar implicadas. El pensamiento de Holmes —y el ideal científico— se caracteriza, entre otras cosas, por el escepticismo. Para él no hay ni un pensamiento que se acepte sin más. Por desgracia, en su estado natural nuestra mente se resiste a este enfoque.

Hoy en día, la mayoría de los psicólogos reconocen que en la mente humana actúan dos sistemas. Uno es rápido, intuitivo, reactivo: una especie de vigilancia mental, un estado constante de “lucha/huida”. No exige mucho esfuerzo ni pensamiento consciente y actúa como un piloto automático. El otro sistema es más lento, riguroso y lógico, pero también es mucho más costoso desde el punto de vista cognitivo. Prefiere no entrar en acción a menos que lo crea absolutamente necesario.

El coste mental de este sistema “frío” hace que la mayor parte del tiempo dejemos nuestro pensamiento en manos del sistema “caliente”, y que nuestras observaciones sean automáticas, intuitivas, reactivas y rápidas en juzgar (y no siempre correctas). En general, con este sistema nos basta y solo activamos el sistema más reflexivo cuando algo capta de verdad nuestra atención y nos obliga a detenernos.

Podemos referirnos a estos dos sistemas como Watson y Holmes. El sistema Watson sería nuestro yo ingenuo. Y el sistema Holmes sería el yo al que aspiramos, el yo que acabaremos siendo cuando hayamos aprendido a aplicar esta forma de pensar.

Cuando pensamos de una manera natural, automática, la mente está preprogramada para aceptar todo lo que le llegue. Es como si, de entrada, el cerebro viera el mundo como un test del tipo verdadero/falso donde la respuesta por defecto siempre es verdadero. No hace falta esfuerzo alguno para seguir dándolo todo por verdadero, pero pasar a darlo por falso exige vigilancia, tiempo y energía.

No es difícil que el proceso se altere, o que ni siquiera tenga lugar. Si decidimos que una afirmación suena verosímil es más probable que no le demos más vueltas. Y si estamos ocupados, estresados, distraídos o agotados por alguna otra razón, podemos dar algo por cierto sin dedicarle tiempo a comprobarlo. Cuando sucede esto nos quedamos con creencias sin comprobar, y más adelante las podemos recordar como verdaderas cuando en realidad son falsas.

El truco de Holmes consiste en tratar cada pensamiento, cada experiencia y cada percepción con una buena dosis de escepticismo, no con la credulidad natural de nuestra mente. Puede que Sherlock Holmes nos fascine tanto precisamente porque hace que parezca posible, y hasta fácil, pensar de una manera que acabaría agotando a un ser humano normal. No en vano, Watson siempre exclama que las cosas no pueden estar más claras después de que Holmes le haya explicado los hechos.

El desván del cerebro: qué es y qué contiene

En Estudio en escarlata, Holmes le dice a Watson: “Considero que el cerebro de cada cual es como una pequeño desván vacío que vamos amueblando con elementos de nuestra elección”. Y prosigue: “Un necio echa mano de cuanto encuentra a su paso, de modo que el conocimiento que pudiera serle útil, o no encuentra cabida o, en el mejor de los casos, se halla tan revuelto con las demás cosas que resulta difícil dar con él. El operario hábil selecciona con sumo cuidado el contenido del desván de su cerebro”. Resulta que esta analogía del desván es sorprendentemente acertada a la luz de los conocimientos que tenemos hoy en día sobre cómo funciona el cerebro.

La memoria consta de dos sistemas, uno a corto plazo y otro a largo plazo. Cuando vemos algo, se codifica primero en el cerebro y luego se almacena en el hipocampo, que sería como un primer punto de acceso al desván. Desde allí, todo lo que consideremos importante o lo que nuestra mente decida que es conveniente guardar pasará a una caja, a un lugar concreto de la corteza cerebral, al espacio principal de almacenamiento del desván: la memoria a largo plazo. Esta operación se denomina “consolidación”. Cuando necesitamos recordar algo, la mente acude al lugar adecuado y lo saca. A veces también saca algún recuerdo adyacente o activa el contenido de toda la caja en lo que se llama una “activación asociativa”. En otras ocasiones, la información se traspapela y, cuando la sacamos a la luz su contenido, ya no es el mismo que cuando la guardamos, aunque puede que no nos demos cuenta de los cambios. En cualquier caso, le echamos un vistazo y le añadimos cualquier cosa nueva que parezca pertinente. Luego la devolvemos a su lugar con los cambios que hemos hecho. Esos pasos se denominan, respectivamente, “recuperación” y “reconsolidación”.

Unas cosas se almacenan; otras se desechan y no llegan al desván. El cerebro determina dónde encaja cada recuerdo en función de algún sistema asociativo. Sin embargo, debemos tener presente que casi nunca recuperaremos una copia exacta de lo guardado. Con cada sacudida, el contenido de las cajas cambia y se desordena.

Es demasiado fácil dejar que el mundo entre sin filtrar en el desván, poblándolo con cualquier cosa que nos llame la atención. Cuando nos hallamos en el estado habitual del sistema Watson no “elegimos” qué recuerdos almacenar; de algún modo, se almacenan solos (o no, según sea el caso).

Holmes nos advierte de que esta postura es peligrosa. Antes de que nos demos cuenta, la mente se nos llenará de tanta información inservible que incluso la que solía ser útil acabará sepultada y será inaccesible, como si nunca hubiera estado allí. Solemos creer que en cualquier momento dado sabemos lo que sabemos. Pero la verdad es que en ese momento solo sabemos lo que podemos recordar.

Es inevitable que se cuelen datos inservibles en el desván porque alcanzar un nivel de atención como el de Holmes es prácticamente imposible. Pero podemos ejercer más control sobre los recuerdos que acabamos codificando. Recordamos más y mejor lo que nos interesa y nos motiva.

Si realmente queremos recordar algo, deberemos dedicarle una atención especial, decirnos a nosotros mismos “Quiero acordarme de esto” y, si es posible, solidificar el recuerdo cuanto antes hablando de él con otra persona (o repasarlo mentalmente varias veces). Y esta consolidación aún será más firme si manipulamos el recuerdo, si jugueteamos con él en el sentido de hacer que cobre vida mediante palabras y gestos.

Es el otoño de 1888 y Sherlock Holmes lleva meses sin que se le haya presentado un caso interesante. Por suerte, un golpe seco en la puerta anuncia la entrada de su casera, la señora Hudson, quien les dice que una joven, de nombre Mary Morstan, ha llegado para ver a Sherlock Holmes. Watson describe así la entrada de Mary: “La señorita Morstan entró en la habitación con paso firme y mucha compostura exterior en sus maneras… A pesar de que mi conocimiento de las mujeres abarca muchas naciones, mis ojos nunca se habían posado en una cara que ofreciese tan claras promesas de una índole refinada y sensible”. Este es el punto de partida deEl signo de los cuatro, una aventura que llevará a Holmes y a Watson hasta la India y las islas Andamán.

¿Qué sucede en el desván de nuestra mente cuando nos enfrentamos por primera vez a una situación o, como en el caso de El signo de los cuatro, vemos por primera vez a una persona?

El cerebro humano viene “cableado” de origen para hacer juicios con rapidez y está equipado con vías secundarias y atajos que simplifican la tarea de percibir y evaluar la infinidad de estímulos que recibimos del entorno. Y es lógico que sea así: si nos fijáramos en cada estímulo nos quedaríamos atascados. Tanto Holmes como Watson pueden formarse opiniones y hacer juicios con rapidez, pero los atajos que utilizan son diferentes. Cuando Mary Morstan hace su primera aparición, Watson se fija antes que nada en su aspecto atractivo. “Eso no importa —dice Holmes—. Los factores personales son antagónicos del razonar sereno. Le aseguro que la mujer más encantadora que yo conocí envenenó a tres niños; en cambio, el hombre físicamente más repugnante de todos mis conocidos es un gran filántropo”.

Lo que quiere decir Holmes está muy claro. Sin duda, sentiremos emociones. Y no es probable que podamos posponer las impresiones que se forman de una manera casi automática. Como dijo el filósofo Francis Bacon, “una vez expresada y establecida una proposición, el entendimiento humano fuerza todo lo demás para añadirle apoyo y confirmación”. La plena objetividad no se puede lograr, pero debemos ser conscientes de hasta qué punto nos podemos desviar para poder obtener una imagen global de una situación dada.

Watson ya se encuentra predispuesto a formarse una buena imagen de Mary. Antes de que la joven aparezca, está relajado y alegre. Y ese estado de ánimo influirá en su juicio. Es el fenómeno llamado “heurística afectiva”: pensamos en función de cómo nos sentimos.

Además, Watson ha recurrido a su experiencia, a las enormes cajas de su desván que llevan la etiqueta “Mujeres que he conocido”, para dotar de personalidad a la recién llegada. Esta tendencia, la “heurística de la disponibilidad”, es frecuente y muy poderosa: en cualquier momento dado, nuestra mente usa lo que tiene más a mano. Y cuanto más fácil de recordar sea algo, más creeremos en su aplicabilidad y en su verdad.

El encanto de Mary desencadena una cascada de asociaciones en el cerebro de Watson que generan una imagen mental de la joven que no tiene por qué parecerse a la real. Cuanto más encaje Mary con las imágenes suscitadas —la “heurística de la representatividad”— más fuerte será la impresión para Watson y más seguro estará de su objetividad. Añadamos a esto que toda información adicional parece sobrar. Por ejemplo, no es probable que el galante doctor se haga preguntas como estas: ¿cuántas mujeres ha conocido que fueran refinadas, sensibles, simpáticas y bondadosas, todo a la vez?, y ¿hasta qué punto es normal encontrarse con una persona así teniendo en cuenta la población en general?

Aunque no sabemos qué asociaciones precisas se activan en la mente del doctor cuando ve a Mary por primera vez, sin duda habrán sido las más recientes (el llamado “efecto de recencia”), las más destacadas o memorables, y las más familiares.

Todas esas asociaciones han influido en la impresión que Watson se ha hecho de Mary. Lo más probable es que de ahora en adelante haga falta un terremoto para que Watson modifique esta impresión inicial. Su perseverancia aún será más fuerte por la naturaleza física del desencadenante inicial: el rostro es el rasgo que da origen a más asociaciones que se resisten a desaparecer.

Estando tan rebosante de optimismo es mucho más probable que Watson sea víctima del “efecto halo”, por el que si un rasgo —en este caso, el aspecto físico— nos parece positivo es probable que también nos parezcan positivos otros rasgos y que rechacemos inconscientemente aquellos que no encajen. También será vulnerable al clásico “sesgo de correspondencia”: creerá que todo lo negativo de Mary se debe a circunstancias externas —el estrés, la mala suerte— y que todo lo positivo es un fiel reflejo de su carácter.

Holmes conoce los prejuicios y sesgos de su desván como la palma de su mano. Y es que las intuiciones son muy poderosas, aunque sean inexactas. Por esta razón, cuando estamos atrapados por una intuición (que una persona es maravillosa, que una casa es muy bonita, que un empeño vale la pena) es esencial que nos preguntemos en qué se basa esa intuición. ¿Realmente es de fiar o es que la mente nos engaña? Plantearnos este tipo de preguntas nos permitirá fiarnos más de la calidad de nuestras impresiones.

Amueblar el desván del cerebro: el poder de la observación

Cuando Holmes y Watson se ven por primera vez, Holmes deduce correctamente y al instante la historia de Watson. “Por lo que veo, ha estado usted en tierras afganas”, le dice Holmes. Watson se pregunta cómo ha podido saber Holmes de su estancia en ese país. Y supone que alguien se lo habrá dicho. “En absoluto”, dice Holmes.

Y prosigue: “Hay delante de mí un individuo con aspecto de médico y militar a un tiempo. Acaba de llegar del trópico, porque la tez de su cara es oscura y ese no es el color suyo natural, como se ve por la piel de sus muñecas. Según lo pregona su macilento rostro ha experimentado sufrimientos y enfermedades, y le han herido en el brazo izquierdo… ¿En qué lugar del trópico es posible que haya sufrido semejantes contrariedades? Evidentemente, en Afganistán”.

La observación con O mayúscula supone más que la observación normal (con o minúscula). No se trata solo del proceso pasivo de dejar que entren objetos en nuestro campo visual. Se trata de saber qué y cómo observar y dirigir la atención en consecuencia.

La atención es un recurso limitado. No es posible que dos tareas ocupen por igual el primer plano de la atención. Inevitablemente, la atención se acabará condensando en una, y la otra —o las otras— se acabarán convirtiendo en un ruido irrelevante, en algo que se debe filtrar. O, peor aún, no se fijará en ninguna y todo se convertirá en ruido.

Nuestra vista, por ejemplo, es muy selectiva: la retina capta cerca de diez mil millones de bits por segundo de información visual, pero al primer nivel de la corteza visual solo llegan unos diez mil y únicamente un 10 % de las sinapsis de esta región se dedica a la información visual. En general, el cerebro recibe a través de los sentidos unos once millones de datos sobre elementos del entorno en cada instante. Y, de todos ellos, solo procesamos conscientemente unos cuarenta. Esto significa que “vemos” muy poco de lo que nos rodea y que lo que llamamos “ver de una manera objetiva” es más bien un filtrado selectivo; además, el estado de ánimo, el humor, los pensamientos, la motivación y los objetivos que podamos tener en cualquier momento dado pueden hacer que el filtrado sea más selectivo de lo habitual.

Recordemos al policía de Estudio en escarlata que no ve al criminal porque está demasiado ocupado observando la actividad en la casa. Cuando Holmes le pregunta si la calle seguía “despejada de gente”, Rance (el policía) responde: “De gente útil, sí”. Pero resulta que tenía al criminal justo delante y no lo había visto porque no sabía observar. Este fenómeno recibe el nombre de “ceguera por falta de atención”: el hecho de centrarse en un elemento de una escena hace que desaparezcan los elementos restantes. Podemos eliminar partes enteras de nuestro campo visual sin ser conscientes de ello.

Y tampoco hace falta que estemos realizando una tarea cognitiva exigente para dejar que el mundo pase de largo sin darnos cuenta. Por ejemplo, cuando estamos de mal humor vemos literalmente menos que cuando estamos alegres: la corteza visual recibe menos datos del mundo exterior.

Además, la atención puede caer presa de influencias inconscientes de cualquiera de nuestros sentidos. Por ejemplo cuando olemos, recordamos. La investigación ha revelado que los recuerdos asociados a olores son los más intensos, los más vívidos, los más emotivos. Y lo que olemos influye en lo que recordamos, en cómo nos sentimos, en lo que vamos a pensar. Sin embargo, lo más probable es que en un momento dado no seamos conscientes ni del olor ni de todo lo que ha suscitado.

Puede que el olor sea el sentido que se lleve la palma, pero no es el único. Cuando tocamos algo caliente o frío nuestro estado de ánimo también se puede hacer más cálido o más frío. Si alguien nos toca de una manera que nos tranquiliza, podemos asumir más riesgos o sentirnos más confiados. Cuando sujetamos algo pesado es más probable que juzguemos que es más importante y serio. Nada de esto tiene que ver con la observación y la atención en sí, pero puede hacer que nos desviemos de un camino que hemos ido labrando con cuidado. Y eso es algo muy peligroso.

Cuando somos inclusivos tenemos muy presente que todos los sentidos actúan constantemente y no permitimos que dirijan nuestras emociones y decisiones. Lo que hacemos es contar con su ayuda —como hace Holmes— y aprender a controlarlos. El hecho es que si no prestamos atención no podemos ser realmente conscientes. No hay excepciones que valgan. No podemos ser conscientes de algo si no le prestamos atención.

¿Y cuál sería la solución de Holmes? Pues hábito, hábito y más hábito. Y, además, motivación. Hagámonos expertos en las clases de decisiones u observaciones en las que queramos destacar. ¿Adivinar la profesión de la gente, seguir el hilo de sus reflexiones, inferir sus emociones y pensamientos a partir de su conducta? Perfecto. Pero también podrían ser cosas que fueran más allá del ámbito de un detective, como aprender a determinar el mejor movimiento en una partida de ajedrez, o distinguir a partir de un solo gesto la intención de un adversario en el fútbol o en una reunión de negocios. Si somos muy selectivos en cuanto al objetivo exacto que queremos lograr, reduciremos las probabilidades de que el sistema Watson “la fastidie”.

Nadie dice que esto sea fácil. Y es que la atención nunca es libre: siempre tiene algo en que posarse. Y cada vez que le exigimos algo más —como escuchar música al pasear, consultar el correo electrónico mientras trabajamos o seguir varios canales de noticias por Internet al mismo tiempo—, reducimos la que se centra en algo dado y con ello reducimos nuestra capacidad de ocuparnos de ese algo de una manera consciente y productiva. Además, nos agotamos. La atención es un recurso no solo limitado, sino también finito. Podemos apurarla hasta cierto punto antes de que necesite un reset.

A pesar de la imagen popular que se tiene del detective, vemos en sus investigaciones que no se da cuenta de todo ni mucho menos. Pero sí que repara en todo lo que tiene importancia para su objetivo. Y ahí reside la clave. Como diría Holmes, debemos saber qué buscamos para poder hallarlo.

Cuando estamos volcados en lo que hacemos suelen ocurrir varias cosas. Persistimos más ante problemas difíciles y es más probable que los solucionemos. Entramos en un estado que el psicólogo Tory Higgins llama “flujo” o fluidez, que no solo nos permite aprovechar más lo que estamos haciendo, sino que también hace que nos sintamos mejor y más satisfechos: obtenemos un valor hedónico real y mensurable de la fuerza de nuestra dedicación a una actividad y de la atención que le dedicamos, aunque sea algo tan aburrido como ordenar un montón de correo. Si tenemos una razón para hacer algo, una razón que haga que nos impliquemos, lo haremos mejor y, a consecuencia de ello, nos sentiremos mejor.

Además, la dedicación y la fluidez tienden a poner en marcha una especie de círculo virtuoso: nos sentimos más motivados y estimulados en general y tendemos a ser más productivos, a crear algo valioso. Por otro lado, tendemos menos a cometer los errores de observación más básicos (como confundir el aspecto de una persona con su personalidad) que pueden desbaratar hasta los planes mejor elaborados de un aspirante a observador holmesiano. En otras palabras, la dedicación y la implicación estimulan el sistema Holmes. Hacen más probable que este sistema dé un paso adelante para ver a qué se enfrenta el sistema Watson y, cuando esté a punto de entrar en acción, le diga: “Espera un momento. Creo que deberíamos examinar esto más a fondo antes de actuar”.

Explorar el desván del cerebro: el valor de la creatividad y la imaginación

La imaginación es el siguiente paso fundamental en todo proceso de pensamiento. Si se deja de lado la imaginación —sobre todo antes de cualquier deducción—, todas esas observaciones, toda esa comprensión que hemos visto hasta ahora, servirá de muy poco.

Imaginemos que nos llevan a una habitación donde solo hay una mesa, una caja de tachuelas, una caja de cerillas y una vela, y se nos dice que la tarea es fijar la vela a la pared. ¿Cómo lo haríamos? Si el lector es como más del 75 % de los participantes en este estudio ya clásico del psicólogo de la escuela Gestalt Karl Duncker, es probable que probara una de estas dos opciones. Podría intentar clavar la vela en la pared con las tachuelas o podría encender la vela y usar la cera derretida para fijarla a la pared. Pero ninguna de las dos cosas funcionaría. La solución es sacar las tachuelas de la caja, clavar con ellas la caja en la pared y encender la vela. Derretir el extremo inferior de la vela con una cerilla, dejar que la cera gotee en la caja y meter la vela en la caja sobre la base de cera.

¿Por qué hay tantas personas que no son capaces de ver esta alternativa? Porque no tienen presente que entre la observación y la deducción existe un momento mental muy importante: la imaginación. Siguen la vía “caliente” o atropellada propia del sistema Watson —acción, acción, acción— sin tener en cuenta la necesidad fundamental de lo contrario: un momento de reflexión. En esta situación, no ven que algo evidente —como una caja de tachuelas— podría ser algo menos evidente: una caja y unas tachuelas. Este fenómeno recibe el nombre de “fijación funcional”. Tendemos a ver los objetos como se nos presentan, como si sirvieran para una función concreta que se les ha asignado.

Uno de los más grandes pensadores científicos del siglo XX, el físico y Premio Nobel Richard Feynman, solía expresar su sorpresa ante el poco valor que se le daba a lo que para él era una cualidad fundamental en el pensamiento y en la ciencia. “Es sorprendente que la gente crea que en la ciencia no hay lugar para la imaginación”, dijo en una conferencia. Pero esta imaginación no responde a la noción habitual, sino que “se trata de una clase de imaginación distinta de la del artista. La mayor dificultad reside en intentar imaginar algo que nunca se haya visto, que sea coherente en todos sus detalles con lo que ya se ha visto y que sea diferente de todo lo que ya se ha pensado; además, debe ser algo definido, no una propuesta ambigua. Y eso es algo muy difícil de conseguir”.

La imaginación sería como un espacio del desván mental donde tenemos la libertad de trabajar con contenidos que aún no hemos destinado a un sistema de almacenamiento; un espacio en el que podemos cambiar cosas, combinarlas y recombinarlas, jugar con ellas a voluntad sin temor a perturbar el orden ni la limpieza del desván principal. Y acabamos con una creación diferente a los datos y las observaciones de los que ha partido. Tiene en ellos sus raíces, pero es algo único que solo existe en ese estado hipotético de la mente y que puede o no ser real o verdadero.

La imaginación debe ceñirse a ciertos límites, pero es libre y divertida. Es la parte más festiva de todo empeño serio. No es casual que Holmes exclame: “¡La partida ha comenzado!” en las primeras líneas de La aventura de Abbey Grange. Esa expresión tan simple no solo nos revela su entusiasmo y su pasión: también su forma de abordar el arte del detective y, en general, el de pensar.

Tendemos a pensar que la creatividad se tiene o no se tiene. Pero no es así. La creatividad se puede enseñar y aprender. Como la atención o el autocontrol, es otro músculo que se puede ejercitar y robustecer con práctica, motivación y concentración.

Es fácil ver a Sherlock Holmes como una máquina de razonar con frialdad y dureza. Pero esa imagen de Holmes como un “autómata lógico” no puede ser más errónea. Lo que lo sitúa por encima de detectives, inspectores y civiles es su voluntad de aceptar lo no lineal, de abrazar lo hipotético y contemplar la conjetura; es su capacidad para el pensamiento creativo y la reflexión imaginativa.

Entonces, ¿por qué tendemos a dejar de lado esta faceta más sutil, casi artística, y a centrarnos en la capacidad del detective para el cálculo racional? Pues porque es una postura más fácil y segura. Vivimos en una sociedad que glorifica el modelo del ordenador, que idolatra al Holmes inhumano que capta como si nada innumerables datos, los analiza con precisión asombrosa y ofrece una solución. Una sociedad que menosprecia el poder de algo tan poco cuantificable como la imaginación y que otorga primacía al intelecto.

Y es que, en general, la incertidumbre nos desagrada y nos inquieta. Un mundo donde reine la certeza es un lugar más acogedor. Y nos esforzamos por reducir la incertidumbre en lo posible tomando decisiones que mantienen el statu quo.

Además, la creatividad exige novedad. Se ocupa de posibilidades nuevas, de datos contrafactuales, de recombinar cosas de nuevas maneras. Se ocupa, en fin, de lo no comprobado, y lo no comprobado es incierto. Asusta, aunque no seamos conscientes de nuestro temor. También puede llegar a ser incómoda, porque no hay garantía de éxito.

Por eso los inspectores de Conan Doyle siempre son tan reacios a desviarse del protocolo estándar, a hacer cualquier cosa que pueda suponer el más mínimo riesgo para su investigación o la retrase aunque sea un instante. La imaginación de Holmes los atemoriza. Esto explica una paradoja muy habitual: las personas y las organizaciones suelen rechazar las ideas creativas por mucho que frente al exterior digan que la creatividad es un objetivo importante. ¿Por qué? Estudios recientes señalan que adoptamos una actitud inconsciente contraria a las ideas creativas parecida a las actitudes que subyacen al racismo o a las fobias. No obstante, hay personas que han superado ese temor al vacío. Lo que más les distingue no es que no hayan fallado, sino su falta de miedo al fracaso, su apertura a las cosas que caracterizan la mente creativa.

Una de las mejores maneras de facilitar el pensamiento imaginativo, de asegurarnos de no pasar directamente de las pruebas a las conclusiones, es distanciarnos de lo que nos ocupa. EnLa Liga de los pelirrojos, Sherlock Holmes se halla ante un caso insólito que a primera vista carece de solución razonable. Cuando el señor Wilson se ha despedido de Holmes tras haberle explicado su relato, Holmes le dice a Watson: “Tengo que ponerme inmediatamente en acción”. “¿Y qué va usted a hacer?”, le pregunta Watson. La respuesta de Holmes lo pilla por sorpresa:

—Fumar —respondió—. Es un problema de tres pipas, así que le ruego que no me dirija la palabra durante cincuenta minutos.

Para él, la pipa no es más que un medio para un fin: crear una distancia psicológica entre él y el caso para que sus observaciones se difundan por su mente sin prisa alguna, mezclándose con el material de su desván hasta saber cuál debe ser el siguiente paso. Watson querría que hiciera algo enseguida, como indica su pregunta. Pero Holmes pone una pipa entre el problema y él.

La actividad elegida para crear distancia debe carecer de relación con lo que nos proponemos lograr; debe ser algo que no nos exija demasiado esfuerzo; además, debe ser algo que nos atraiga en algún nivel. Cuando actuamos así, lo que hacemos es pasar el problema que hemos de resolver del consciente al inconsciente. Y aunque podamos pensar que estamos haciendo otra cosa —y, en efecto, las redes atencionales se dedican a algo más— el cerebro no deja de trabajar en el problema original.

Hay una actividad que parece hecha a medida para esto. Y además es muy sencilla: pasear (precisamente lo que hace Holmes cuando resuelve el caso de La aventura de la melena de león). Los paseos estimulan la creatividad y la resolución de problemas, y más si se dan en un medio natural como un bosque. Después de un paseo la gente soluciona mejor los problemas, persiste más en tareas difíciles y tiende más a hallar una solución intuitiva.

El lugar en el que nos encontramos influye en el pensamiento. Como dice Holmes en El valle del terror: “Creo que el genio depende del sitio”. Es como si cambiar de lugar nos impulsara a pensar de una manera diferente haciendo que las asociaciones arraigadas sean irrelevantes y liberándonos para formar asociaciones nuevas. Nuestra imaginación se puede quedar bloqueada en lugares habituales, pero se libera cuando la separamos de restricciones aprendidas.

También podemos usar lo que se conoce como visualización. Intente realizar el siguiente ejercicio. Cierre los ojos y piense en una situación concreta donde se haya sentido enfadado. Recuerde ese momento con la mayor claridad que pueda, como si lo reviviera. Cuando haya acabado, observe cómo se siente. ¿Qué cree que falló? ¿Quién tenía la culpa? ¿Por qué? Cierre los ojos otra vez. Imagine la misma situación, pero ahora los protagonistas son otras dos personas. Usted no es más que una mosca en la pared que observa la escena. Tiene libertad para volar por el lugar y observar desde todos los ángulos. Cuando acabe responda a las mismas preguntas. Habrá realizado un ejercicio clásico de distanciamiento mental por medio de la visualización, que consiste en imaginar algo vívidamente desde un punto de vista que es intrínsecamente diferente del que hemos guardado en la memoria. Cuando nos distanciamos empezamos a procesar las cosas de una manera más amplia, a ver conexiones que no podíamos ver desde más cerca.

Jacob Rabinow ha sido uno de los inventores más prolíficos y con más talento del siglo XX. Para mantener su extraordinaria creatividad y productividad recurría a una forma de visualización muy particular: “Me imagino que estoy preso, porque si estás preso el tiempo no importa. Me voy a pasar aquí veinte años, ¿sabe? Es una especie de truco mental. Si no, te dices: ‘Dios, esto no sale’, y empiezas a cometer errores. Pero yo me digo que el tiempo no tiene importancia”. La visualización ayudó a Rabinow a adoptar una actitud mental desde la que podía abordar cosas que, de no ser así, le habrían abrumado.

La visualización está muy extendida en muchos ámbitos: el tenista visualiza el saque antes de soltar la pelota; el golfista ve la trayectoria de la pelota antes de golpearla. La psicoterapia cognitiva conductista emplea esta técnica para que quienes sufren fobias aprendan a relajarse y puedan vivir situaciones problemáticas mentalmente, sin afrontarlas en el mundo real. El psicólogo Martin Seligman insiste en que puede ser el instrumento más importante para fomentar una actitud mental más imaginativa e intuitiva. Como dijo el filósofo Ludwig Wittgenstein: “¡No penséis, solo mirad!”.

El procesamiento inconsciente es un instrumento muy poderoso si le damos espacio y tiempo para que actúe. Aun si no llegamos a ninguna conclusión tras haber “desconectado” de un problema, es muy probable que volvamos a él con más energía y dispuestos a dedicarle más esfuerzo.

La mente quiere saber qué sucede después. Quiere acabar. Quiere seguir trabajando en lo que no ha finalizado. Y al hacer otras tareas recordará inconscientemente las que no ha logrado terminar. Esta necesidad nos motiva a trabajar más y mejor, y a terminar lo empezado. Y, como ya sabemos, una mente motivada es una mente mucho más poderosa.

Usar el desván del cerebro: deducir a partir de los hechos

Llegamos, finalmente, al más llamativo de los pasos: la deducción. El broche de oro. El momento en el que finalmente podemos dar por concluido nuestro proceso de pensamiento y formular una conclusión, tomar una decisión, hacer lo que nos habíamos propuesto. No hay más datos que reunir y analizar. Solo nos queda ver su significado y lo que ese significado supone para nosotros: llevarlo todo a su conclusión lógica. Es el momento en el que Sherlock Holmes pronuncia en El jorobado esa palabra inmortal: “elemental” (que en la versión original inglesa no va acompañada del “querido Watson” de las traducciones a otros idiomas, como el castellano y el francés).

La deducción es mucho más difícil de lo que parece. Nuestra mente crea constantemente narraciones coherentes a partir de elementos dispares. Nos incomoda que algo no tenga una causa y el cerebro establece una de un modo u otro, sin pedirnos permiso para hacerlo. En caso de duda, el cerebro sigue el camino más fácil y hace lo mismo en cada etapa del proceso de razonamiento, desde las inferencias a las generalizaciones.

Por ejemplo, podemos pensar que alguien que juega al baloncesto tiene “la mano caliente” si vemos que encesta varios tiros seguidos. Nos basamos demasiado en pocas observaciones, pero nos creamos historias en la mente y no las ponemos en duda (“Este jugador está en racha; el siguiente tiro lo volverá a encestar”).

Este hecho tiene una base anatómica, y es que el hemisferio izquierdo de nuestro cerebro tiene como cometido buscar explicaciones y causas de una manera natural e instintiva incluso para cosas que carecen de ellas. Y aunque este intérprete encuentre un sentido a las cosas, las más de las veces se equivoca: es el Watson llevado al extremo.

Tendemos a deducir como no deberíamos, argumentando, que diría Holmes, antes de los datos, y muchas veces a pesar de ellos. Cuando parece que las cosas “tienen sentido” es dificilísimo verlas de otra manera. Este es el principal obstáculo para la deducción.

Debemos tener la precaución de que algo que nos llame la atención por ser desproporcionado (“saliencia”), porque acaba de suceder (“recencia”) o porque hemos estado pensando en algo que no tiene relación (“preactivación”) no pese demasiado en nuestro razonamiento y nos haga olvidar detalles esenciales para una deducción correcta. También debemos estar seguros de dar respuesta a la pregunta inicial que nos hemos planteado, la que nos ha motivado y ha dado lugar al objetivo, no a otra que nos parezca más pertinente, intuitiva o fácil cuando llegamos al final del proceso de pensamiento.

Así pues, ¿cómo podemos asegurarnos de que nuestra deducción sigue el camino correcto y no se ha desviado ya antes de empezar? El primer paso sería separar los factores que consideramos cruciales de los que solo son incidentales para confirmar que únicamente los primeros influyan en nuestra decisión.

En uno de los estudios clásicos de Elizabeth Loftus sobre los testimonios de testigos presenciales, los sujetos vieron una breve película en la que aparecía un accidente de tráfico. A continuación, Loftus pidió a cada participante que estimara la velocidad a la que iban los vehículos en el momento del accidente. Pero el truco estaba en que cada vez que hacía esta pregunta modificaba con sutileza la expresión que usaba: los vehículos se habían estrellado, habían impactado, habían chocado, o se habían tocado. Y Loftus encontró que la descripción que daba a una persona influía de una manera espectacular en el recuerdo de lo que acababa de ver. Los sujetos de la condición experimental donde los coches se habían estrellado no solo estimaban una velocidad superior a la estimada por los sujetos de las otras condiciones, sino que, una semana más tarde, era mucho más probable que recordaran haber visto cristales rotos aunque en realidad no los hubo.

Es el llamado “efecto de desinformación”. Cuando se nos presenta información falsa tendemos a recordarla como verdadera y a tenerla en cuenta en el proceso deductivo. Lo que hacen las palabras así elegidas es actuar como un marco para la línea de razonamiento y hasta para el recuerdo. De ahí la dificultad y la necesidad absoluta de lo que Holmes describe como aprender a separar lo irrelevante (y las conjeturas de los medios de comunicación) de los hechos objetivos, y de hacerlo de una forma racional y sistemática.

En el fondo, debemos ir con más cuidado cuando tenemos más información que cuando tenemos menos. La confianza en nuestras deducciones tiende a aumentar con la cantidad de datos en los que las basamos, sobre todo si uno de esos datos tiene sentido. Del mismo modo, cuantos más detalles incidentales veamos, menos probable será que nos fijemos en los cruciales y más que demos un peso indebido a los primeros. Si nos cuentan un relato, será más probable que lo encontremos convincente si va acompañado de muchos detalles aunque sean irrelevantes para su verdad o falsedad.

Separar lo crucial de lo incidental, el eje de toda deducción, puede ser difícil hasta para las mentes más avezadas. Por eso Holmes no se da por satisfecho con sus teorías iniciales. Y lo hace ignorando a quien le meta prisa. También usa un sencillo truco: explica todo a Watson. Como dice al doctor antes de ahondar en las observaciones pertinentes: “No hay nada que aclare tanto un caso como el exponérselo a otra persona”. Explicar algo en voz alta nos obliga a reflexionar, a considerar cada premisa en función de su mérito lógico y nos permite pensar con más lentitud.

Nos cuesta separar lo incidental de lo crucial, pero también olvidamos considerar lo improbable porque la mente lo descarta por imposible antes de prestarle atención. Lucrecio calificaba de tonto a quien cree que la montaña más alta del mundo es la más alta que han visto sus ojos. Dicho de otro modo, dejamos que la experiencia personal determine lo que creemos posible y ese repertorio se convierte en una especie de ancla. Solemos considerar el futuro en función del pasado. Es natural hacerlo, pero eso no significa que sea acertado. El pasado no suele dar cabida a lo improbable. Limita nuestra deducción a lo conocido, a lo probable.

Al deducir tendemos en exceso a detenernos cuando algo ya está lo bastante bien. Pero no llegaremos a la meta hasta no haber apurado todas las posibilidades. Debemos aprender a ampliar la experiencia, a ir más allá del instinto inicial y buscar pruebas que lo confirmen o refuten. Y más importante aún, debemos intentar mirar más allá de esa perspectiva que nos es más natural: la nuestra.

Conclusión

En el fragmento que sigue el detective explica al doctor la diferencia entre ver y observar:

—Usted ve, pero no observa. La diferencia es evidente. Por ejemplo, usted habrá visto muchas veces los escalones que llevan desde la entrada hasta esta habitación. ¿Cuántos escalones hay?

—¿Cuántos? No lo sé.

—¿Lo ve? No se ha fijado. Y eso que lo ha visto. A eso me refería. Ahora bien, yo sé que hay diecisiete escalones, porque no solo he visto, sino que he observado.

Este truco carece de verdadera importancia, pero tiene unas implicaciones muy profundas si nos paramos a considerar qué es lo que lo hizo posible. Es precisamente este truco el que me inspiró para escribir un libro en honor de Holmes.

¿Cuántos pensamientos entran y salen de nuestra mente sin que nos detengamos a identificarlos? ¿Cuántas ideas e intuiciones nos hemos perdido porque no les hemos prestado atención? ¿Cuántas decisiones hemos tomado y cuántos juicios hemos hecho sin saber cómo o por qué, impulsados por algún automatismo interno de cuya existencia solo somos vagamente conscientes? ¿Cuántos días han tenido que pasar hasta que, de repente, nos preguntamos qué hemos hecho exactamente y cómo hemos llegado hasta aquí?

El objetivo de este libro ha sido ayudarle a reflexionar sobre todas estas respuestas. Hoy más que nunca es necesario contar con una metodología como la de Holmes para examinar y explicar los pasos necesarios para desarrollar unos hábitos de pensamiento que nos permitan conectar con nosotros mismos y con nuestro mundo de una manera consciente y natural.

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