Normas generales de orientación docente

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En este post damos a continuación algunas normas generales que deben orientar la acción docente del profesor como educador, independientemente de la asignatura a su cargo.

  1. Planear el trabajo docente

El profesor debe planear su trabajo, a través de planes de curso, de unidad y de clase, de actividades extraclase y de pruebas mensuales y parciales. Los años que el alumno pasa en la escuela son verdaderamente preciosos y deben ser provechados al máximo para su formación. El tiempo transcurrido en la escuela puede tener reflejos poderosos a lo largo de toda la vida del educando, razón por la cual es muy grande la responsabilidad del profesor. Por todo esto, a orientación del trabajo docente debe llevarse a cabo de la manera más eficiente, lo cual sólo será posible por medio del planeamiento.

  1. Mantener buenas relaciones con los colegas

El profesor debe establecer y conservar buenas relaciones con sus colegas, a fin de ir a la par de los trabajos que éstos ejecuten e informarse acerca del comportamiento de sus alumnos en las restantes disciplinas. Este contacto con los colegas puede también informarlo sobre la marcha de las demás materias, de suerte que llegue a saber lo que debe y lo que puede exigir de sus discípulos, a fin de no sobrecargarlos.

  1. Orientar los estudios

El profesor debe preocuparse en saber dónde, qué y cómo pueden estudiar sus alumnos lo que está siendo objeto de su enseñanza. Es impresionante la cantidad de casos en que los alumnos no progresan, y hasta fracasan, porque no saben estudiar.
El profesor tiene el deber de orientar y no desorientar al alumno, como puede observarse en todo instante. Podrá parecer insólita esta aseveración, pero resulta tan chocante el comportamiento de muchos profesores, en este punto, que es necesario formular la presente advertencia de que no es lícito desorientar al alumno.
Hay profesores que entran en el aula ostentando superioridad y autosufíciencia, que no se dignan mirar a los alumnos como seres jóvenes, que necesitan comprensión y orientación. Por el contrario, los encaran como si fuesen adultos y hasta como enemigos, sin la mínima consideración que debe tenerse hacia las limitaciones del que va a la escuela para aprender.
Y en ese clima, lamentablemente, los trabajos escolares transcurren en un ambiente de sálvese quien pueda.

  1. Indicar qué hacer

El profesor no debe olvidarse de prever, para todas sus lecciones, qué es lo que el alumno debe hacer para aprender. Esta previsión es de suma importancia. Debe pensarse en lo que los alumnos pueden y deben hacer, no sólo en cuanto al proceso del aprendizaje, sino también en lo que concierne al problema de la disciplina, ya que, como es sabido, el alumno que no tiene nada que hacer es, por lo general, un alumno indisciplinado o en vías de convertirse en tal.

  1. Dar informes precisos

Es necesario que el profesor suministre y aclare todas “las reglas de juego”, para que las normas sean comprendidas bien por los alumnos antes de serles exigidas en la práctica escolar.
Los primeros días de clase, al comienzo del año lectivo, deberían ser reservados para esclarecer al alumno en cuanto a las líneas generales de los trabajos escolares. Lo que se establece debe ser cumplido. En caso contrario, se creará confusión en la mente del alumno. De ahí que todos los trabajos deben estar precedidos de informes precisos en cuanto a su realización, plazos de entrega, corrección, etc.

  1. Respetar al alumno

El profesor debe ver en sus alumnos personas en formación, que requieren de su ayuda para realizarse, esto es, debe ver y respetar a /los alumnos como personas y no considerarlos meros individuos o números distribuidos en la clase.
Así, es imprescindible que el profesor acepte al alumno tal como es, procurando mejorarlo a partir de la realidad personal del sujeto. Cuando le es menester amonestar a un discípulo, debe hacerlo sin exceder la frontera del amor propio, que lleva, fatalmente, a la humillación y al resentimiento.

  1. Reconocer los esfuerzos

Es necesario que el docente reconozca tanto los esfuerzos de sus alumnos como sus éxitos. No deben elogiarse tan sólo los buenos resultados, sino también los esfuerzos desplegados, independientemente de los logros obtenidos. No hay duda que uno de los factores de éxito en la vida es la persistencia y capacidad de esfuerzo de los individuos.

  1. Interesarse por la participación

El docente debe interesarse más por las actividades de los alumnos en la vida de la escuela, de suerte que pueda propiciar e intensificar la participación de los mismos. Es indispensable aprovechar al máximo las sugestiones, ideas y contribuciones en general de los alumnos, ya sea con referencia a las asignaturas de su curso o a las demás actividades escolares. Las actividades extraclase constituyen un excelente recurso para conseguir la participación del grupo; cuanto más participan los alumnos, más útiles y responsables se sienten.

  1. Propiciar una mejor relación

Factor de éxito en los trabajos escolares es, sin duda, la buena relación entre docentes y alumnos. Esa relación ejerce benéfica influencia en los trabajos de todo el alumnado y permite una asistencia más efectiva del docente para con sus alumnos, individual y grupalmente. El problema de la disciplina se ve bastante facilitado y las posibles dificultades que surjan son fácilmente vencidas, cuando existe un buen entendimiento entre docente y educandos, esto es, cuando existen respeto y estima mutuos.

  1. Captar la confianza del alumno

La confianza que los alumnos puedan depositar en sus maestros y profesores es un factor decisivo para el éxito del proceso educativo. Son los docentes, pues, quienes tienen el deber de ganar y fortalecer esa confianza. Ésta proviene de dos fuentes distintas: primero, de la capacidad profesional, a través de la eficiente preparación didáctica y constante perfeccionamiento en la cultura especializada y la cultura general; segundo, por su espíritu de justicia, de coherencia, de seriedad y de firmeza comprensiva.

  1. Estar atento al estado de salud de los alumnos

El profesor debe estar atento al estado físico de sus alumnos, ya que muchos fracasos escolares y, asimismo, el comportamiento indisciplinado, pueden tener origen en un mal estado de salud. Además, cuando un educando manifiesta alteraciones de conducta y mal rendimiento escolar, como paso previo a cualquier acción psicopedagógica es necesario encaminarlo para que se lo someta a un buen examen médico. Muchas dificultades aparentemente psicológicas serían eliminadas si se adoptasen estos recaudos.

  1. Dialogar

El docente debe estar siempre dispuesto a dialogar con sus alumnos. El diálogo debe ser franco y abierto, para que el alumno sienta que no existen actitudes preconcebidas con respecto a él. Así, profesor y alumnos estarían en una constante “búsqueda de la verdad”. El diálogo ayuda al profesor a una mejor comprensión de la problemática personal de sus alumnos y, asimismo, a prestarles ayuda para que sepan comprender con mayor hondura ciertas situaciones complejas de la vida social. Éstas serían, así, encaminadas con un sentido de estímulo para su generación, (“orno contraparte de odios, rencores y actitudes extremas nocivas, el diálogo del profesor con sus alumnos puede adquirir el sentido de encauzamiento de la actual generación para aceptar el reto que esas dificultades representan para la inteligencia y no para la violencia irracional.

  1. Prestar atención a las diferencias individuales

Es indispensable tener presente que los alumnos difieren unos de otros en muchos aspectos, de ahí que no puedan ser tratados igualmente, para que todos alcancen los objetivos de la educación. Es útil no olvidar que los alumnos requieren un trato igualitario, pero teniendo en cuenta sus desigualdades.

  1. Aproximación al alumno

El profesor debiera aproximarse, siempre que sea posible, a sus alumnos, ya
que ésa es la base de una buena comunicación con ellos, como ya fue visto. Pero el presente ítem se refiere más que nada a una aproximación individual. El profesor ha de aprovechar todas las oportunidades para aproximarse individualmente a sus educandos, con el objeto de interpretarlos mejor en sus realidades existenciales, en sus estudios, sus aspiraciones, sus vidas íntimas, sus éxitos y sus dificultades. De este modo, los alumnos sentirán que se los considera y estima, y el profesor -en los momentos oportunos- podrá suministrarles una orientación más eficiente.

  1. No sobrecargar de trabajos

No se debe exigir de nadie más de lo que pueda dar. El profesor debe conducir al educando a trabajar y a producir según sus posibilidades y su ritmo normal de acción, para que haya real aprovechamiento en los estudios. La sobrecarga de obligaciones crea, naturalmente, aversión a las tareas que se efectúan o que deben ser efectuadas.

  1. Dar tareas según las posibilidades de cada uno

No se trata, aquí, de cantidad de trabajo; sí, de calidad. El fracaso es desagradable. El fracaso continuo es funesto. Puede decirse que una de las causas de la ineficacia en la escuela es el fracaso constante. Toda persona procura huir del fracaso, a no ser que se trate de un masoquista.

Acaso sea ésta una de las pocas conclusiones generales que pueden extraerse acerca del comportamiento humano. De ahí la necesidad de cuidados especiales al ser distribuidas las responsabilidades entre los alumnos, a fin de evitar o de atenuar posibles fracasos. Existe, claro está, el fracaso motivador, que funciona de acuerdo con el tipo de alumno y según las circunstancias de que viene revestido. La solución más viable es la de las tarcas diferenciadas o mixtas, pudiendo existir, a través de ellas, un mejor ajuste de los trabajos escolares al alumno.

  1. Inculcar sentimientos de colectividad

El educando debe sentirse miembro de una comunidad con la cual y para la cual trabaja; y el éxito de todos depende, en parte, de su cooperación. Además de la práctica de actividades extraclase y de los trabajos en grupo, pueden establecerse los “Cuadros de honor”, en donde la clasificación se efectúe sobre la base del promedio de las notas de clase, haciendo constar en ellos, también, tres o cuatro alumnos por curso, elegidos por los compañeros como los mejores compañeros. Estas elecciones deben ser mensuales.

  1. Eliminar el miedo como fuerza motivadora

El miedo ha sido el gran recurso didáctico de todos los tiempos para hacer estudiar al alumno. El más factible y el más malo. Si la antigüedad significase un mérito, el procedimiento de la intimidación podría ser tildado de clásico, debido a los siglos de uso. El miedo genera inseguridad, inhibiendo o volviendo agresivo al alumno, y violando siempre su índole humana. No es buena norma la de echar mano de amenazas y castigos para conseguir que el alumno haga lo que debe hacer.

  1. Usar lentes de aumento para los aspectos positivos

La actitud generalizada, con respecto a nuestros semejantes, es la de señalar debilidades, faltas, defectos o errores, y con lentes de aumento. Eso ocurre también en la escuela. Esta actitud es mal recibida, no podría ser de otro modo, por el alumno. Asimismo, es también mal recibida la que cae en el otro extremo y peca por exceso de comprensión, que transforma al alumno en un ser digno de lástima.

Estas dos actitudes, en última instancia, no hacen sino resaltar las flaquezas del alumno, esto es, justamente lo que él quisiera esconder.

En lugar de volcarnos hacia los aspectos negativos, debemos mirar con bastante interés los aspectos positivos, fortaleciendo el ánimo del alumno, destacando los méritos de todo lo bueno que haga. Esto no quiere decir que el profesor deba hacer caso omiso de los aspectos negativos. Debe anotarlos, en efecto, pero para orientar los trabajos del alumno en el sentido de que los aspectos positivos puedan ir supliendo poco a poco a los negativos, hasta eliminarlos del todo. Con esta actitud, basada en oportunas orientaciones, los aspectos negativos van siendo absorbidos por los positivos, y sin inhibiciones ni humillaciones. Debemos apoyarnos en el uso del SÍ, evitando las oportunidades del uso del NO. Esto equivale a decir que el SÍ debe sustituir, evidentemente, al NO, si queremos realmente educar. Cuando el NO se hace necesario, debe ser ponderado, explicado racionalmente, nunca en forma de prepotencia. Lo ideal sería que a una negación le fuese adscripta una afirmación, esto es, una orientación positiva sustituyendo a otra negativa.

  1. Ayudar a enfrentar y resolver las dificultades

Constituye una actitud equivocada no colocar al alumno frente a las dificultades. Es equivocado también el hecho de no considerar las dificultades con que el alumno tropieza al tratar de resolverlas. En otras palabras, es un error no tomar conocimiento de las limitaciones del alumno. Pero, de un modo general, es preciso no dispensar al alumno de las dificultades naturales que debe enfrentar, cuando éstas no sean superiores a sus posibilidades. Al resolver sus propias dificultades, el alumno se siente fortalecido y confiado. No es aconsejable la actitud docente de resolverlas, pues esto aumenta el sentimiento de dependencia con relación al profesor. Además, en cierto sentido, educar es hacer que el alumno se independice, y el buen profesor es aquél que, en forma discreta y amigable, va alejándose del alumno, obligándolo a “caminar por sí mismo”.

  1. Eliminar privilegios

La escuela debe ser una institución en la cual no existan privilegios. El respeto a los maestros debe derivar de su acción como educadores; una acción comprensiva, justa, humana, pero también firme. Los privilegios de todo tipo deben ser eliminados de la escuela, sean éstos económicos, sociales, intelectuales, etc. No hay nada más educativo que el ambiente en que profesores y alumnos reconozcan sus errores y sus aciertos con toda modestia, de modo que pueda surgir y fortalecerse el auténtico respeto mutuo.

  1. Procurar adaptarse al alumno

Es un absurdo pretender que el alumno se adapte al profesor. Es éste el que está en condiciones de adaptarse al alumno, descendiendo hasta él, ciñéndose ? a su realidad social y humana para, con base en esa misma realidad, iniciar un trabajo constructivo, de educación, de elevación del educando a patrones de comportamiento más elevados.

  1. Evitar dar notas

Una práctica inhibitoria en las escuelas es la nota. Notas para todo. La nota, si alguna vez funciona como estímulo, en la mayoría de los casos funciona como factor de inhibición, principalmente por la forma como es dada. Lo común es que sean dados ejercicios para resolver en el hogar, luego de una clase de presentación de la materia y para obtener una nota. ¿Cómo podrá obtener buenas notas quien todavía se encuentra en la fase del aprendizaje, si todavía está aprendiendo? Es necesario que el alumno tenga derecho a equivocarse durante el período del aprendizaje. Lo que puede existir es un adecuado control de la marcha del aprendizaje, pero no notas en el sentido que la escuela, generalmente, les confiere. La nota a ser dada para su registro en los boletines mensuales de calificación debe ser el fruto de la verificación del aprendizaje, una vez que la enseñanza haya pasado a través de las fases de presentación, fijación e integración.

  1. No olvidar las dificultades de toda presentación inicial de un tema nuevo

Toda presentación de un tema nuevo es casi siempre confusa, imprecisa y, hasta cierto punto, sin sentido, principalmente cuando ella está al margen de ciertos recaudos de orden y organicidad. En consecuencia, es necesaria mucha paciencia y bastante concretización con experiencias, gráficas, proyecciones, grabados, apelación a la experiencia del alumno, etc., para que el nuevo asunto, el inicio del aprendizaje, pase a tener sentido y organización mental en la conciencia del alumno. No hay que tener prisa ni partir de presupuestos en el comienzo del aprendizaje. Al respecto, dice muy bien Dewey: “Para quien ya aprendió, la materia es extensiva, exactamente definida y lógicamente interrelacionada. Para quien está aprendiendo es fluida, parcial y relacionada mediante sus ocupaciones personales. El problema de la enseñanza consiste en conservar la experiencia del educando moviéndose en la dirección de lo que el adulto formado ya conoce. Por eso es necesario que el maestro conozca al mismo tiempo la materia y las necesidades y capacidades características del estudiante.”

  1. Las dificultades deben ser graduadas

No debe olvidarse que la materia debe ser presentada en forma gradual y con arreglo a un orden creciente de dificultades. El lema vigente debe ser: de lo más fácil a lo menos fácil, lo que posibilita al alumno a llevar a cabo exitosamente las tareas que se le encomienden y haciendo que este procedimiento funcione como factor de motivación. Es verdaderamente desolador el hecho de presentar solamente lo difícil o ¡o fácil en forma difícil, al parecer, con la finalidad de llevar al alumno a un seguro fracaso. No hay que olvidar, igualmente, que el fracaso continuado es el mayor enemigo de la enseñanza.

  1. La comprensión debe estar presente

El profesor debe conocer, al dictar su clase e indicar los ejercicios, tareas o cualquier otro tipo de trabajos, si el alumno va comprendiendo lo que él explica. Una actividad sin comprensión de lo que se está haciendo o sin una imagen previa de los objetivos que se pretende alcanzar carece de sentido. Es más: cansa, desorienta, irrita e indispone para el trabajo serio y honesto.

Así, es un deber del profesor enterarse, en todas las fases de la enseñanza, si los alumnos están comprendiendo lo que enseña. De lo contrario, tanto el tiempo como el esfuerzo pueden darse por perdidos, sumándose a ello la indisposición del alumno hacia la materia y hacia el profesor y la escuela.

  1. Partir de una experiencia de vida

Para que la enseñanza resulte más intuitiva y comprensible debe partirse -siempre que ello sea posible- de una experiencia de vida del alumno, procurando relacionar lo que se desea enseñar con el bagaje vital del que va a aprender. De ahí la necesidad de que el profesor conozca la fase vital de sus alumnos, esto es, la problemática propia de cada edad, así como la experiencia individual del sujeto, para llevar a cabo una mejor coordinación del asunto a enseñar, tomando como punto de partida la base significativa de la cual es portador cada alumno.

  1. Llevar a la reflexión

Es necesario recordar que la enseñanza debe ser encauzada en forma de situaciones problemáticas, que exijan razonamiento y reflexión por parte del alumno. De lo contrario, se está simplemente adiestrando u obligando a éste a memorizar para luego repetir.
Así, en la enseñanza de todas y cada una de las disciplinas, el profesor debe presentar dificultades y problemas que exijan aplicación del razonamiento, a fin de que el alumno encuentre las soluciones.

Es necesario lograr que la reflexión del alumno no se transforme en una mera posibilidad de reflexión, sino que funcione, se ejercite, a fin de desarrollarse y servir al alumno, dándole confianza en sus posibilidades intelectuales.

El profesor debe tener presente que el hombre sólo crece mentalmente reflexionando.

  1. Dar claridad a los objetivos

Es importante mostrar la meta a la cual se pretende llegar, esto es, lo que se quiere alcanzar, lo que se desea hacer, cuando se le exige a alguien un esfuerzo. El esfuerzo por el esfuerzo no tiene sentido y cansa fácilmente, a la vez que, si se tuviese en vista la meta a alcanzar, se daría mayor sentido y un estímulo más valioso al esfuerzo realizado. El alumno mismo puede apreciar si se está aproximando o se está distanciando de la meta, llevándolo a dar una dirección y un sentido inteligente a sus esfuerzos.
Así, con la clara visión de los objetivos a ser alcanzados, el resultado parcial de los trabajos ya funciona como fuerza motivadora y auxilia en el trabajo de reflexión necesario para la conquista total de los objetivos.

  1. Fijar en cada clase lo fundamental del tema

El profesor no debe olvidar que lo fundamental en un asunto que se está tratando debe ser enfocado dándole la mayor importancia, de modo que sea allá mismo donde se efectúe su fijación, sin esperar que ésta se lleve a cabo en el hogar o que el alumno la satisfaga por iniciativa propia.

Lo que se considere fundamental, en un asunto, debe ser tratado, elaborado y fijado en situaciones específicas de la clase, bajo la observación del profesor.

  1. Prestar la mayor atención a los errores

El profesor debe estar atento a los errores de sus alumnos, con el propósito, no de atribuir notas bajas o reprobar, sino para averiguar la causa de los mismos, esto es, si dichos yerros se deben a la fatiga, a la falta de atención, a perturbaciones emotivas, falta de interés, falta de comprensión, falta de fijación o deficiencias en la manera de orientar el aprendizaje.
Los errores deben constituir un indicio para la mejor comprensión del alumno y no un pretexto para represalias mediante el uso de bajas calificaciones. El profesor debe llevar a cabo un relevamiento de errores y de acuerdo con su frecuencia, realizar una rectificación del aprendizaje en forma colectiva, individual o de pequeños grupos.

  1. No matar la imaginación

El profesor, en nombre de la objetividad, no debe matar la imaginación del alumno. Por el contrario, debe dar oportunidad para que la misma se manifieste y se desarrolle dentro de los límites de lo razonable. Así, en los trabajos escolares, debe tener cabida la fantasía del alumno, que es una forma de ejercitar el espíritu creador. Para eso es preciso crear y mantener condiciones de libertad de expresión dentro de la clase y reducir al mínimo el trabajo de memorización.

  1. Formar hábitos saludables

El profesor debe empeñarse en alentar la formación de nexos agradables entre el alumno y sus clases, promoviendo una atmósfera de optimismo, confianza, igualdad, respeto y buen éxito en los trabajos escolares. Procediendo de esa forma, se va estableciendo un condicionamiento entre el profesor, la materia, la sala de clase, la escuela y el alumno; este condicionamiento será de mucha ayuda para la buena marcha y la eficiencia de los trabajos de la clase. El profesor debe esforzarse por establecer un clima de festividad y alegría, de modo que la clase se transforme en algo querido y esperado por el alumno.

  1. Dar sentido práctico a los trabajos

El profesor debe proponer dar sentido práctico, de realización o de aplicación, a los asuntos estudiados en la clase. Esa manera de orientar los trabajos escolares confiere un sentido de vitalidad, realidad y objetividad a lo que se está estudiando, a la vez que disminuye el hiato existente entre la escuela y la realidad física y social del mundo que envuelve al alumno. La aplicación puede llevar, también, la ampliación del aprendizaje según las preferencias y aptitudes del alumno.

  1. Atribuir responsabilidades

El profesor debe transformar sus salas de clase en taller de trabajo, en las cuales todos tengan su parcela de responsabilidad en cuanto a la ejecución de las tareas. El ambiente debe ser de realización y de cooperación, en la consecución de logros comunes. No hay que olvidar que el alumno debe trabajar en equipo e individualmente. Hay un sentimiento de colectividad que debe desenvolverse, y un centro de individualidad que debe fortalecerse, sin que haya entre ambos ni antagonismos ni contradicciones, pues uno precisa del otro para la buena armonización de la personalidad. El individuo no puede diluirse en el todo, pero el todo no puede ser ocultado por el individuo. Toda necesidad legítima del individuo lo es también para la colectividad, pues se trata de un bien que debe recaer sobre todos sus miembros y no solamente sobre algunos, como una forma de privilegio.

  1. No separar la escuela de la comunidad

El profesor debe tener entre sus puntos de mira, y en toda su acción didáctica, una clara conciencia de que escuela y comunidad deben constituir un todo, una unidad. De ahí él debe hacer todo lo posible para que la escuela vaya hacia la comunidad y que la comunidad vaya hacia la escuela. La razón del estudio y de la aplicación deben estar en la comunidad. Las actividades escolares no deben ser caricaturas de lo que se hace afuera de la escuela, sino actividades auténticas, tal como se hacen allá afuera y para los que viven allá afuera.

  1. Individualizar la enseñanza

A pesar de que la enseñanza es colectiva, el profesor debe tener siempre presente la individualidad de sus alumnos. La enseñanza será más eficiente a medida que se vaya haciendo más individualizada, esto sea dicho en el sentido de que sean diagnosticadas las dificultades y deficiencias de cada alumno. Este trabajo debe hacerse a fin de que puedan adoptarse medidas adecuadas de orientación para los alumnos que las requieran, teniendo en cuenta las reales condiciones y posibilidades de cada uno.

Esta actitud de individualización debe tomarse para caracterizar a los alumnos en cuanto a sus carencias, sus posibilidades, su tipo mental y de personalidad, sus intereses y aspiraciones, para lograr una correcta orientación en el campo vocacional.

  1. Averiguar las causas del comportamiento anómalo

Todo comportamiento considerado anómalo tiene su causa, que debe ser investigada, a fin de que se puedan tomar medidas eficaces de corrección. Investigar las causas del comportamiento, para influir sobre las mismas de un modo acertado y racional, orientando, esclareciendo, canalizando energías, estimulando, removiendo causas nocivas, asistiendo, amparando y nunca reprimiendo, prohibiendo, castigando pura y simplemente, debe ser la actitud científica del profesor. Nadie se ilusione al respecto; educar es trabajoso y difícil, pero compensa. Compensa porque se está instilando dignidad en el alma humana. Se la está orientando para la plenitud, para lo más alto: para la felicidad. Quien tenga sobre sus hombros el privilegio que da la responsabilidad de educar y no se sienta con ánimo para hacerlo, sean cuales fueren las razones invocadas, será mucho más honesto y digno si renuncia a la carrera de profesor.

  1. Auscultar aspiraciones

Es importante destacar, de un ítem anterior, el término aspiración. Una de las funciones educativas del profesor -y de suma importancia- es la de auscultar las aspiraciones de sus alumnos, a fin de auxiliarlos en lo posible, para que dichas aspiraciones lleguen a su meta. El alumno se siente realmente motivado cuando percibe que sus sueños tienden a convertirse en realidad. La gran ayuda del profesor consiste -casi siempre- en orientar a sus alumnos para que ciñan a medidas más reales y objetivas la dimensión de sus aspiraciones, pero, eso sí, sin matar jamás la belleza de la imaginación juvenil.

  1. Orientar la enseñanza hacia la actividad

En su quehacer didáctico, el profesor debe siempre orientar la enseñanza en un sentido activo, dinámico, de investigación, de curiosidad, de desafío. Debe poner, a cada instante, obstáculos para que sean transpuestos mediante la reflexión. Siempre que ello se pueda, en la escuela primaria se debe llevar al alumno a actuar y a pensar; en los otros niveles, a pensar y a actuar.

  1. Estar siempre disponible

Los responsables de la educación escolar -profesores y directores- deben revelar siempre que están disponibles para con sus alumnos. Disponibilidad no es tanto una cuestión de tiempo, sino, más bien, de actitud. La actitud de estar siempre a disposición de un alumno cuando él lo necesita. Nada es más oportuno y útil que atender al educando en la hora precisa, principalmente cuando éste solicita un poco de atención y le hace falta una palabra, un cambio de opiniones, una voz de aliento y comprensión o una ayuda.

  1. Iniciar desde temprano una educación desprovista de prejuicios

Es deber de la escuela orientar el comportamiento de sus alumnos despojándolo de todo prejuicio de color, económico, social, profesional, racial, religioso, etc., con el objeto de encaminar a los educandos hacia un respeto total por sus semejantes.

  1. Vivir los valores que se quieren transmitir

Aquél que se propone educar tiene que vivir los valores, las actitudes y los ideales, es decir, las formas de comportamiento deseables, para que éstas sensibilicen al educando por medio del ejemplo, proscribiéndose, por lo tanto, el dicho: “Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”, para que prevalezca aquel otro: “Haz lo que yo hago”.

  1. Destacar derechos y deberes

Siempre que sea posible y oportuno, enfatizar, dirigiéndose al educando, todo lo referente a derechos y deberes, sin olvidarse de mostrar que, prácticamente, casi todos los derechos tienen su origen en deberes. Poner de relieve, además, que, en realidad, nada le es dado gratuitamente al hombre, lo cual hace resaltar lo importante que es tener conciencia de la proximidad y relación que hay entre derechos y deberes.

  1. Informar respecto del hombre mismo

Es importante que se desarrolle, respecto del educando, una labor de esclarecimiento referente al hombre mismo, principalmente con relación a las fases de la vida y sus correspondientes problemas, con el fin de sensibilizarlo en lo relativo a la precariedad de la vida y a la necesidad de comprensión y armonía entre los hombres, independientemente de su edad.

  1. Solicitar algo o limitar el comportamiento del educando basándose en razones y motivos coherentes

Manifestar las razones y motivos cuando se solicite algo del educando o cuando se le imponga alguna limitación. Cuando eso no sea posible, lo mejor es no solicitar ni limitar, pues, en ese caso, puede parecer al educando que las exigencias no pasan de autoritarismo o de capricho.

  1. No educar para ser “buenito”

La acción docente no debe tender a formar criaturas conformistas, prudentes o “buenitas”, sino ciudadanos conscientes, eficientes y responsables.

  1. Empeñar al educando en tareas completas

Siempre que sea posible, empeñar al educando en tareas que exijan planeamiento, ejecución y evaluación, para que pueda tener una visión total de toda empresa humana, en la que todos los detalles tienen que ser previstos por el hombre, porque nada le es dado gratuitamente, a un tiempo que va ganando confianza en sí mismo.

  1. Orientar hacia el trabajo

La acción educativa tiene, como uno de sus más serios compromisos, el de disponer al educando para el trabajo, exaltando a éste como único medio de realización personal y social. Educar para que se encare el trabajo como un bien, y no como un castigo, dado que él es la vía de la liberación y la dignificación del hombre. Encarecer, también, con respecto al trabajo, que lo más importante no es la actividad profesional ejercida, sino la seriedad y compenetración con que se la ejerce. Todas las profesiones son nobles.

  1. Educar económicamente

La acción del profesor sobre el alumno debe tender a la formación del sentido de la economía, como modo de combatir el desperdicio de los bienes que el hombre y la sociedad necesitan. Orientar, pues, hacia la economía de la luz, el gas, el agua, el papel, los alimentos, los tejidos, etc.

  1. Sensibilizar respecto de la naturaleza

Siempre que sea posible y oportuno, el profesor debe llamar la atención del alumno hacia la naturaleza, con el fin de enseñarle a observarla, sentirla, admirarla y respetarla.

52. No querer que un alumno sea el primero o el mejor de todos

El docente debe actuar, principalmente, sobre la familia, para que no quieran que el hijo sea el primero o el mejor de la clase. Explicar a los padres que deben enseñar a sus hjjos a dar lo mejor de sí mismos, a esforzarse, a ser tan buenos como puedan, pero sin comparaciones ni competencia. Cada uno puede ser grande en la medida de sus posibilidades reales.

  1. Ser optimista

El profesor tiene la obligación de ser optimista, y, si no lo fuera, debe esforzarse por serlo. La situación de alumno, en cualquier nivel de la enseñanza, es de cierta expectativa e inseguridad, que fácilmente podrá transformarse en ansiedad, falta de ánimo o de interés por la escuela -a veces de oposición a ella- cuando advierte el pesimismo del profesor. Los educandos necesitan sentir el optimismo de sus profesores, de manera que los estudios tomen un sentido positivo.

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